El análisis geoespacial de la FAO y el Centro de Satélites de las Naciones Unidas (UNOSAT) ha revelado la devastación masiva del sector agrícola en la Franja de Gaza debido al conflicto. El informe destaca que el 87 % de las tierras de cultivo han sido gravemente dañadas, junto con invernaderos, pozos de riego e infraestructuras clave para la producción de alimentos. La destrucción ha afectado gravemente la capacidad de Gaza para producir alimentos y mantener los medios de vida de sus habitantes.
A pesar de los daños continuos, el alto el fuego en curso ha permitido el acceso a un 37 % de las tierras afectadas, lo que ofrece una pequeña oportunidad para comenzar a rehabilitar la producción agrícola. De las áreas accesibles, unas 600 hectáreas de tierra se mantienen intactas, ofreciendo una base para la recuperación.
Los daños han ido en aumento durante 2025, con un 87 % de las tierras de cultivo y un 80 % de los invernaderos destruidos. El distrito de Gaza ha perdido todos sus invernaderos, y Gaza septentrional ha sufrido una destrucción casi total en este sector. Los pozos agrícolas, vitales para el riego, también han sufrido daños significativos, afectando la capacidad de la región para mantener su producción agrícola y ganadera.
La FAO ha lanzado un llamamiento urgente para recaudar 75 millones de dólares para la rehabilitación de Gaza, pero hasta ahora solo se ha recaudado el 10 % de esta cifra. La organización subraya la necesidad urgente de recursos para restablecer los sistemas de producción de alimentos, así como los sectores pesquero y ganadero, esenciales para la autosuficiencia alimentaria de la población.
Principales conclusiones
Tierras de cultivo: 87 % dañadas, con el distrito de Khan Younis como el más afectado.
Invernaderos: 80 % de los invernaderos destruidos, con pérdidas totales en el distrito de Gaza.
Pozos agrícolas: 87 % dañados, interrumpiendo los sistemas de riego.
Infraestructuras agrícolas: Daños en explotaciones avícolas, establos y ganadería, especialmente en Khan Younis.
El ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, ha remarcado que esta ley trata, sobre todo, de concienciar. “Debemos recuperar el valor de los alimentos y valorizar el trabajo de quienes los producen: agricultores, ganaderos y pescadores”, ha asegurado, porque cuando se desperdician alimentos, se desaprovechan todos los recursos naturales utilizados para producirlos. Además, ha apelado al deber ético, social y medioambiental del conjunto de la sociedad para poner coto al despilfarro de alimentos: “No hay alimento más caro que el que termina en la basura.”
La ley tiene un marcado componente ético y se inscribe en el compromiso del Gobierno con la sostenibilidad, la justicia social y el crecimiento económico. La normativa pone el foco en la prevención, la sensibilización, la formación y la generación de conocimiento de todos los actores de la cadena, ya que evitar el despilfarro es una tarea que apela al conjunto de la sociedad.
La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Alimentación (FAO) estima que en el mundo se desperdicia el 30 % de los alimentos. Reducir a la mitad estas pérdidas es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Organización de Naciones Unidas (ONU). En el caso de España, solo en los hogares se tiraron a la basura sin consumir 1.183 millones de kilos de alimentos en 2023.
Además de la contradicción de que se tiren alimentos a la basura cuando existe un considerable número de población que padece hambre o malnutrición, el desperdicio de alimentos representa un mal gasto de recursos naturales, normalmente escasos, que son necesarios para producirlos y del trabajo de los agricultores, ganaderos y pescadores, y además aumenta la producción de residuos, con el consiguiente impacto ambiental.
La norma beneficiará a todos los operadores de la cadena, ya que facilitará que optimicen sus recursos y mejoren su eficiencia productiva y su rendimiento. Las exigencias de la ley se adaptan a la idiosincrasia de los distintos operadores económicos que conforman la cadena alimentaria.
PLANES DE PREVENCIÓN Y JERARQUÍA DE USOS
La ley tiene como objetivo frenar el desperdicio de alimentos en toda la cadena alimentaria, desde los productores primarios, en la fase de cosecha y recolección, hasta los consumidores finales, tanto en los hogares como en bares y restaurantes.
Para ello, la norma obliga a los agentes de la cadena alimentaria a disponer de un plan de prevención de las pérdidas y el desperdicio. El objetivo es que las empresas hagan un autodiagnóstico de sus procesos productivos, identifiquen dónde se producen las pérdidas de alimentos, fijen medidas para minimizarlos y se destinen a otros usos antes de acabar en la basura.
La ley establece una jerarquía de usos, en la que tiene prioridad el consumo humano, bien a través de la transformación de los alimentos, por ejemplo, en zumos o mermeladas en el caso de la fruta, o mediante la donación o redistribución.
Para facilitar la donación, la ley obliga a adoptar acuerdos entre los operadores y las entidades sociales y bancos de alimentos. Los acuerdos aportan seguridad jurídica a las donaciones, ya que las condiciones en las que se realicen deberán estar fijadas previamente por escrito. Las administraciones públicas elaborarán guías de buenas prácticas para garantizar la trazabilidad de los alimentos recibidos por las entidades sociales.
Los establecimientos de hostelería, salvo los de bufé libre, tendrán la obligación de facilitar al cliente que se pueda llevar los alimentos sobrantes en envases reciclables.
Como segundo uso en la jerarquía se contempla la alimentación animal o la elaboración de subproductos para la industria. Y si tampoco fuera posible, ya como residuos se destinarán al reciclado y, en particular, a la obtención de compost, biogás o de combustibles.
El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación aprobará un plan nacional de control de las pérdidas y el desperdicio alimentario que incluirá los objetivos y prioridades a realizar por las administraciones competentes en la materia, que será acordado con las comunidades autónomas. La administraciones autonómicas serán las encargadas del control del cumplimiento de la ley.
La patata y el boniato son dos alimentos que mucha gente confunde porque ambos son tubérculos y se cocinan de formas muy parecidas. Aun así, tienen algunas diferencias interesantes. Nutricionalmente, son bastante similares: aportan hidratos de carbono que dan energía, contienen vitamina C y minerales como el potasio, y en general son alimentos saludables y saciantes. La diferencia más llamativa está en el boniato anaranjado, cuyo color delata su mayor contenido en betacarotenos. Estos compuestos se transforman en vitamina A en nuestro cuerpo, y una batata mediana puede cubrir prácticamente toda la recomendación diaria para personas jóvenes. Por eso se dice que el boniato es especialmente interesante desde el punto de vista nutricional.
También hay otra distinción relacionada con la textura. El boniato suele tener más fibra que la patata. A veces se nota más denso, aunque si se cocina el tiempo suficiente queda igualmente muy tierno. La mayor parte de esa fibra está en la piel, que se puede comer sin problema, igual que ocurre con la patata.
A la hora de cocinar, la elección depende sobre todo del sabor que buscas. La patata es más neutra y combina con casi cualquier plato, desde guisos hasta purés o tortillas. El boniato, en cambio, tiene un toque dulce y un sabor algo más pronunciado. Gracias a eso funciona muy bien tanto en recetas dulces, como bizcochos o cremas, como en platos salados que buscan un punto diferente, por ejemplo boniato al horno, cremas otoñales o incluso una tortilla hecha con él. Ambos son alimentos saludables, y alternarlos en la dieta puede ayudarte a disfrutar de sabores distintos sin perder valor nutricional.
La cerveza es mucho más que una bebida social: detrás de cada espuma hay siglos de historia, tradiciones milenarias y secretos que rara vez apreciamos. Sus orígenes se remontan a civilizaciones antiguas de Mesopotamia, hace más de 5.000 años, lo que demuestra que el ser humano siempre buscó transformar ingredientes sencillos en algo capaz de unir, celebrar o sobrevivir.
En esas sociedades remotas, la cerveza tenía un papel central en la vida diaria. Por ejemplo, en el Antiguo Egipto se utilizaba incluso como forma de pago, reflejando su valor esencial tanto para la subsistencia como para el trabajo. Con el paso del tiempo, la elaboración de la cerveza evolucionó: aparecieron distintos estilos, desde fermentaciones altas hasta bajas, variedades más ligeras o más robustas, lo que permitió que cada cultura desarrollara su propia versión, adaptada a sus tradiciones y recursos locales.
Hoy en día, la cerveza sigue siendo protagonista de encuentros, celebraciones y momentos de relajación, pero también es testigo de una diversidad enorme. Estilos distintos, ingredientes variados y métodos artesanales convierten cada vaso en una experiencia única. Esa versatilidad invita a disfrutarla con respeto, reconociendo su valor cultural, su historia y la tradición que lleva cada sorbo.
Además, la cerveza nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con los alimentos y bebidas: nos recuerda que no solo consumimos por necesidad, sino también por placer, comunidad y patrimonio. Beber una cerveza puede ser una forma de reconectar con una historia antigua, compartir un momento con amigos o simplemente disfrutar con moderación.
En conclusión, la cerveza no es solo una bebida más: es un legado ancestral que ha acompañado a la humanidad durante milenios. Conocer su historia, su diversidad y su papel en distintas culturas nos permite valorarla como patrimonio, como símbolo social y como parte de nuestra identidad colectiva. Degustar una cerveza con conciencia es rendir homenaje a todas esas generaciones que convirtieron agua, cebada y fermentación en algo mucho más que un simple líquido.
Siempre pensamos en la comida como algo que hacemos por pura necesidad, pero si te paras un segundo, te das cuenta de que cada plato cuenta una historia. No solo la de la receta, sino la de un país, una familia, una tradición o incluso una época concreta. Y justo eso es lo que explora “Comemos lo que somos”, el libro de J.M. Mulet.
Mulet plantea una idea súper simple pero poderosa: nuestra alimentación es un reflejo de nuestra cultura. Comemos lo que comemos no solo porque nos guste o porque es lo que hay en la nevera, sino porque hay siglos de historia detrás que han ido moldeando nuestros hábitos.
Mulet va recorriendo distintos momentos de la historia humana para mostrar cómo la alimentación se adapta a lo que somos en cada etapa: nuestras creencias, nuestros miedos, nuestra economía… todo esta ahí, en el plato.
Durante décadas, los mercados han sido mucho más que lugares para comprar comida: espacios de comunidad, de trato cercano, de intercambio de confianza y de selección de productos frescos de forma consciente. Pero hoy, una tendencia creciente indica que ese vínculo ya no es el mismo. Las nuevas generaciones tienden cada vez menos a acudir a mercados para comprar sus verduras o frutas; su rutina de compra prefiere la comodidad: un supermercado, rapidez, conveniencia y productos ya preparados.
Este cambio no sólo afecta al cliente: también se refleja en el comercio local. Muchos puestos tradicionales luchan por mantener su viabilidad, ya que pierden clientela habitual, sobre todo entre quienes deberían representar el relevo generacional. Ese desinterés combina varios factores: estilos de vida acelerados, falta de tiempo, desconocimiento sobre los productos frescos o la sencillez de obtener comida procesada o envasada.
El resultado es una transformación silenciosa: el descenso constante del consumo de productos frescos entre jóvenes, lo que implica menos vínculo con la temporada, menos conexión con la procedencia del alimento, menos conocimiento sobre cómo elegir y conservar. Al mismo tiempo, se debilita el rol social de los mercados, esos espacios de proximidad que ofrecían más que comida: identidad local, conexión humana, asesoría en productos, contacto directo con productores o pequeños comerciantes.
Perder ese hábito no sólo afecta a los pequeños comercios, también transforma la manera en que nos vinculamos con la comida: dejamos de apostar por lo sano, lo hecho con dedicación y lo producido cerca de casa. Volver a mirar hacia los mercados no implica nostalgia, sino reconocer el valor de los productos frescos y de un consumo más responsable. Al final, se trata de elegir con intención aquello que queremos llevar a nuestra mesa.
En conclusión, la creciente distancia entre los jóvenes y los mercados tradicionales revela un cambio profundo en nuestros hábitos y prioridades, pero también recuerda la importancia de replantearnos cómo consumimos. Elegir los mercados de barrio, con sus productos frescos, su cercanía y su valor comunitario, no es solo una cuestión de compra, sino una forma de apostar por la salud, la sostenibilidad y la identidad local. Recuperar ese vínculo significa mantener vivas prácticas que nutren tanto nuestro bienestar como nuestras raíces.
La infancia está llena de recuerdos, pero pocos son tan intensos como los que vienen de la comida. Un aroma, un sabor o una textura pueden devolvernos a la mesa familiar, donde aprendimos sin saberlo quiénes éramos y qué tradiciones nos rodeaban. Los platos que marcaron esos años no eran simples recetas: eran parte de un hogar, de una forma de vivir y de una cultura que se transmitía de generación en generación.
Muchas de esas comidas nacieron de la sencillez y el ingenio. Las recetas de las abuelas, los guisos lentos o los postres de las fiestas tenían raíces profundas: procedían de una región, de una época de necesidad o de los ingredientes disponibles en cada temporada. La gastronomía de nuestra infancia es, en realidad, el reflejo de una historia colectiva que explica por qué comemos lo que comemos.
Hoy, en un mundo donde las cocinas se mezclan y todo está al alcance, esos sabores se han convertido en un refugio. Cocinar un plato de la niñez no solo es un gesto de nostalgia, sino una manera de reconectar con nuestras raíces, con las personas que nos enseñaron a comer y con las tradiciones que nos dieron identidad.
En definitiva, las comidas que recordamos de pequeños son más que recuerdos gastronómicos: son fragmentos de nuestra historia personal y cultural. Recuperarlas es volver a un lugar seguro donde el sabor, la memoria y la tradición se encuentran.
La vida universitaria trae consigo independencia, nuevas rutinas y, muchas veces, la necesidad de enfrentarse a la cocina por primera vez. Para los estudiantes, cocinar no siempre es un acto de placer, sino una combinación de supervivencia, ahorro y creatividad. La cocina universitaria se caracteriza por recetas rápidas, económicas y fáciles de preparar, donde el ingenio muchas veces sustituye la experiencia.
Platos como pasta con salsa, tortillas, arroz con verduras, sopas rápidas o batidos se convierten en los héroes del día a día. Ingredientes básicos, de larga duración y económicos son los aliados de cualquier estudiante: huevos, legumbres, arroz, pasta, verduras de temporada o conservas. Con estos elementos, es posible preparar comidas nutritivas sin gastar demasiado tiempo ni dinero.
Pero la cocina universitaria no es solo funcional: también refleja la creatividad y la adaptación. Muchos estudiantes experimentan con fusiones rápidas, mezclan sabores internacionales, reutilizan sobras de manera ingeniosa o buscan alternativas saludables a comidas ultraprocesadas. Es un espacio donde se aprenden habilidades prácticas, desde medir ingredientes hasta organizar un menú semanal, pasando por aprovechar la despensa y reducir desperdicios.
Además, cocinar en la universidad tiene un valor social: preparar y compartir comida fortalece vínculos, fomenta la colaboración y ayuda a sobrellevar la nostalgia de casa. Una comida sencilla puede convertirse en un ritual de encuentro, donde la cocina se transforma en un lugar de aprendizaje y conexión.
En definitiva, la cocina de los estudiantes universitarios es un microcosmos de creatividad, economía y autonomía. Más allá de platos rápidos o improvisados, es un laboratorio donde se aprenden habilidades culinarias, se descubren nuevos sabores y se construyen hábitos que, en muchos casos, acompañarán a los jóvenes toda su vida.
En 2025, los alimentos congelados se consolidan como una tendencia clave en la industria alimentaria, impulsados por la búsqueda de sabores globales, la sostenibilidad y la eficiencia operativa en el sector B2B. Gracias a la congelación, restaurantes y distribuidores pueden ofrecer productos exóticos y platos listos para regenerar, manteniendo calidad y frescura sin depender de la estacionalidad.
La sostenibilidad es otro factor central: la ultracongelación prolonga la vida útil de los productos, reduce el desperdicio y permite opciones más naturales sin conservantes. Además, la innovación en salsas y acompañamientos congelados mejora la eficiencia en la cocina profesional, mientras que la expansión del delivery y comida para llevar refuerza su papel estratégico.
Finalmente, la creciente demanda de alternativas a la carne y nuevas proteínas en formatos congelados muestra cómo la industria se adapta a consumidores más conscientes y éticos. Tutti Food Group se posiciona como un actor clave, ofreciendo soluciones de quinta gama que combinan calidad, innovación y sostenibilidad para restaurantes, caterings y distribuidores.
Un equipo de investigación del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha publicado un estudio que revela que el grupo 1 de las células linfoides innatas (ILC1), un tipo de célula inmune presente en el organismo, desempeña un papel crucial en los efectos perjudiciales de las dietas obesogénicas, ricas en grasas y azúcares, sobre el intestino y el metabolismo. Por primera vez, han demostrado que estas células son esenciales para el desarrollo de la obesidad y sus complicaciones, como la diabetes tipo 2 y la enfermedad del hígado graso no alcohólico. Además, el estudio explora la relación entre las ILC1, el sistema neuroendocrino y la microbiota intestinal. Los resultados, publicados en la revista Gut Microbes, abren la puerta a la posibilidad de modular este tipo de células como una alternativa terapéutica para reducir las consecuencias de la obesidad y prevenir problemas metabólicos asociados.
El grupo Microbioma, Nutrición y Salud del IATA, liderado por la profesora de investigación del CSIC Yolanda Sanz, analizó el impacto de una dieta “obesogénica”, alta en grasas y azúcares, sobre la microbiota intestinal y el sistema inmunitario. Este tipo de dietas están asociadas con un empeoramiento de la función inmune del intestino, dañando sus mecanismos de defensa y desencadenando una respuesta inflamatoria que contribuye al desarrollo de complicaciones asociadas a la obesidad, como la diabetes tipo 2.
“No se conoce con precisión la secuencia de eventos que provocan estas alteraciones, ni cuáles son los principales instigadores de dicha respuesta inflamatoria a nivel intestinal, lo que es esencial para combatirlos a tiempo”, asegura Yolanda Sanz, autora principal del estudio. Su trabajo se centró en el papel que juega en este proceso un tipo de células inmunes recientemente descubierto, las ILC1, cuya implicación en la respuesta inflamatoria asociada a la obesidad sólo se había demostrado en el tejido adiposo.
“La novedad de nuestro trabajo radica en que hemos investigado, por primera vez, qué papel tienen las células ILC1 que residen en el intestino en el desarrollo de la obesidad y sus complicaciones. Además, hemos estudiado la interacción de las ILC1 con otras células inmunes intestinales y epiteliales como las células neuroendocrinas, y también con la microbiota intestinal”, explica Yolanda Sanz. Para ello, han empleado un modelo de obesidad inducida por la dieta en ratones donde han bloqueado la funcionalidad de las células ILC1 mediante la administración un anticuerpo específico.
Los resultados muestran que la exposición a una dieta obesogénica incrementa progresivamente el porcentaje de ILC1s intestinales y de otros tipos celulares pro-inflamatorios, como los macrófagos, lo que altera el equilibrio del sistema inmune. Además, una dieta rica en grasas y azúcares reduce la protección que aportan otros tipos de células linfoides innatas (ILC3), y daña la ‘función barrera’ del intestino uno de los principales sistemas defensivos del organismo que evita que se produzca inflamación en tejidos metabólicos. “Demostramos que las células ILC1s son unas de las principales promotoras de la respuesta inflamatoria intestinal y de las alteraciones metabólicas causadas por el consumo de dietas obesogénicas”, resume Sanz.
Así, la administración del anticuerpo que bloquea las células ILC1s no sólo evita su aumento causado por la dieta, sino que, además, reduce las alteraciones en otros tipos celulares (ILC3 y macrófagos) que también se ven afectados por la dieta obesogénica. Asimismo, el bloqueo de estas células inmunes mejora los mecanismos de defensa intestinal mediados por la producción de la citocina IL22, la producción de mucus y la expresión de péptidos antimicrobianos, y previene el deterioro de las células neuroendocrinas del epitelio; lo que aumenta la producción de hormonas intestinales implicadas en la regulación del apetito y la glucosa en sangre, como el péptido similar al glucagón (GLP-1). Por último, la ausencia de células ILC1 incrementa la abundancia en la microbiota intestinal de bacterias como Akkermansia muciniphila, y reduce la de especies inflamatorias como Bilophila spp., lo que sugiere que las ILC1s afectan la simbiosis microbiota-hospedador.
Estos cambios provocados en el intestino como consecuencia del bloqueo de las células ILC1 se ven acompañados de una mejora en el control de la insulina en sangre y de una reducción de la adiposidad de los ratones. “Este trabajo demuestra el papel de las células ILC1 como unas de las principales instigadoras de los efectos dañinos que causan las dietas obesogénicas en el intestino y el metabolismo”, remarca Yolanda Sanz. “La modulación de estas células podría ser una estrategia eficaz para combatir los desórdenes metabólicos relacionados con la obesidad y otras enfermedades asociadas.”, concluye.