De la granja a la pantalla: El poder de las narrativas alimentarias en la configuración de la cultura moderna

Hoy, la forma en que vemos, entendemos y consumimos alimentos está profundamente influida por las historias que los medios cuentan sobre ellos. Desde las primeras películas y anuncios que mostraban comidas tradicionales y familias perfectas, hasta los concursos de cocina y documentales actuales, la comida se ha convertido en un lenguaje cultural.

Los realities gastronómicos han transformado a los chefs en estrellas y han acercado la creatividad culinaria al gran público. Las redes sociales, con sus recetas rápidas e imágenes irresistibles, han democratizado la narrativa alimentaria, creando tendencias globales en cuestión de días.

Pero estas narrativas no solo entretienen: también influyen en cómo entendemos la sostenibilidad, la ética y la identidad cultural. Documentales sobre agricultura industrial, influencers que promueven el consumo responsable o campañas como Lunes sin carne están cambiando nuestras elecciones alimentarias.

La tecnología (desde la realidad virtual hasta la inteligencia artificial) abrirá nuevas formas de contar historias sobre comida, conectando a productores y consumidores y fomentando una cultura alimentaria más consciente e inclusiva. En un mundo donde comer es cada vez más un acto cultural, las narrativas que consumimos serán clave para construir el futuro de nuestra alimentación.

Si queréis más información consulten : https://paddock82.com/from-farm-to-screen-the-power-of-food-narratives-in-shaping-modern-culture/?utm_source

Se pudre todo menos la Big Mac.

Hace unos meses se hizo viral en redes sociales un vídeo que revelaba que la comida del McDonalds no se pudre. Este fenómeno causó una gran curiosidad y especulación en internet. La autora señala que, aunque al principio se pensó que esto era por los ingredientes artificiales o conservantes, un chef estadounidense apareció con una explicación más simple y natural.

El chef J. Kenji López-Alt, famoso por su blog «Serious Eats», llevó a cabo experimentos en su apartamento para destapar este misterio. Descubrió que las hamburguesas de McDonald’s no se descomponen porque su tamaño es pequeño en comparación con el pan, lo que facilita que la carne se deshidrate. Este proceso de deshidratación evita que crezcan las bacterias que causan la descomposición. López-Alt replicó este método en casa y notó resultados similares: las hamburguesas se mantenían casi intactas, como si estuvieran completamente secas.

Además, el chef pidió a científicos que hicieran pruebas en laboratorio, y los resultados respaldaron sus observaciones. McDonald’s, por su parte, explicó en su sitio web que la conservación de sus hamburguesas se debe a que están deshidratadas antes de que se produzca cualquier deterioro visible. Este método de conservación recuerda a técnicas antiguas que usaban culturas como la egipcia para preservar alimentos mediante la salazón y deshidratación.

Aunque algunos piensan que conservantes como el propanoato de calcio, que se utiliza en productos de panadería y carnes procesadas, podrían ser responsables de la durabilidad de las hamburguesas, López-Alt y los científicos consultados creen que el factor principal es la deshidratación natural. Este fenómeno ha generado un gran debate y curiosidad en redes sociales como Twitter o Instagram, donde se han compartido historias de hamburguesas que se mantienen en buen estado durante años.

Más información en: https://www.gq.com.mx/entretenimiento/articulo/hamburguesa-mcdonalds-no-se-ha-podrido-20-anos

Por primera vez, la obesidad supera al bajo peso como forma de malnutrición entre niños y adolescentes en el mundo, según Unicef

Obesidad infantil: la nueva cara de la malnutrición en el mundo

Durante décadas, hablar de malnutrición en la infancia era sinónimo de bajo peso. Hoy, esa realidad ha cambiado drásticamente. Según el último informe de UNICEF, por primera vez en la historia la obesidad supera al bajo peso como la forma más común de malnutrición entre niños y adolescentes de 5 a 19 años.

El estudio, que analiza datos de más de 190 países, muestra un crecimiento acelerado del sobrepeso infantil, especialmente en países de ingresos bajos y medios. Aunque la desnutrición crónica sigue presente en algunas regiones, ahora el problema más extendido es otro: el exceso de peso causado por dietas ricas en productos ultraprocesados y entornos alimentarios poco saludables.

Las cifras son contundentes: entre 2000 y 2022, el número de niños con sobrepeso se cuadruplicó en los países de menores ingresos. En total, se estima que 391 millones de niños y adolescentes en el mundo padecen sobrepeso, y muchos de ellos ya presentan obesidad, lo que supone un riesgo para su salud a corto y largo plazo.

Contrario a lo que suele pensarse, este fenómeno no responde únicamente a decisiones individuales. El informe señala que los entornos en los que crecen los niños están cada vez más dominados por alimentos baratos, de baja calidad nutricional y muy publicitados. Estos productos no solo sustituyen a los alimentos frescos, sino que dificultan el acceso a una alimentación equilibrada, sobre todo en familias con menos recursos.

UNICEF insiste en que no se trata de culpar a los padres, sino de transformar el sistema. Entre las medidas que recomienda están la regulación de la publicidad dirigida a menores, el etiquetado claro de alimentos, los impuestos a productos ultraprocesados y el fortalecimiento de políticas públicas que promuevan entornos alimentarios saludables.

Uno de los espacios más relevantes para prevenir la obesidad son las escuelas. Programas de alimentación escolar bien diseñados pueden ser una herramienta efectiva no solo para garantizar una comida nutritiva, sino también para educar sobre hábitos saludables. Países como México, Colombia, Perú y Brasil ya han comenzado a reformar sus comedores escolares con este enfoque, combinando menús más saludables con clases de nutrición, huertas escolares y actividades prácticas.

A pesar de los avances, aún existen grandes desigualdades. Mientras que en los países de altos ingresos el 80% de los niños accede a alimentación escolar, en los países más pobres solo el 30% tiene ese derecho garantizado. Para cerrar esta brecha, se requiere una mayor inversión internacional y el compromiso de los gobiernos para mantener estos programas a largo plazo.

La obesidad infantil ya no es un problema de unos pocos países. Es un desafío global que exige cambios estructurales. La alimentación de los niños no debería estar determinada por el precio más bajo o la publicidad más agresiva, sino por su derecho a crecer sanos y bien nutridos.