Las alternativas al azúcar

En 2016, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó que los azúcares libres (añadidos a alimentos y bebidas) aportaran menos del 10% de las necesidades energéticas totales de una persona, y aludía a mejoras en la salud si se reducía a menos del 5%. “La OMS aconseja un consumo máximo de 25 gramos de azúcar al día”, concreta Raúl Gómez Chamizo, profesor del grado en Nutrición Humana y Dietética de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), refiriéndose tanto al de mesa (sacarosa) como a la glucosa y fructosa que aparecen en muchos productos procesados. “El sabor dulce es muy placentero, resulta difícil desengancharnos de algo así”, reconoce.

En la carrera por encontrar alternativas (naturales y artificiales), la evidencia científica ha revelado la cara amarga de edulcorantes como el aspartamo (catalogado como “posiblemente cancerígeno” por la OMS, que recomienda controlar su ingesta), la sacarina y la sucralosa (sospechosas de alterar el equilibrio intestinal) o el erititrol, al que un reciente estudio relaciona con un mayor riesgo cardiovascular. “Cada vez hay más estudios que relacionan efectos negativos en la salud con el consumo de edulcorantes artificiales”, refrenda Gómez Chamizo, que aporta, como posibilidad más saludable, el xilitol o azúcar de abedul, “con un poder edulcorante inferior a la sacarosa y sin capacidad cariogénica (que no favorece la aparición de caries)”. Dos endulzantes en auge detectados como tendencia, ambos naturales, son la alulosa –un azúcar presente en el trigo, pasas o higos secos– y la fruta del monje, que crece en el Sudeste asiático.

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¿Los edulcorantes artificiales pueden afectar a la salud cerebral?

Un estudio vincula el consumo elevado de edulcorantes artificiales con un mayor deterioro cognitivo. Los investigadores advierten de que podrían acelerar el envejecimiento cerebral y aumentar el riesgo de demencia.

Aunque ya se conoce el impacto negativo del consumo excesivo de azúcares libres en la salud cerebral, un nuevo estudio pone el foco en los edulcorantes artificiales, hasta ahora considerados una alternativa más saludable. La investigación, publicada en la revista Neurology, analizó durante ocho años a más de 5.000 adultos brasileños entre 55 y 72 años, evaluando su consumo de siete edulcorantes comunes presentes en alimentos ultraprocesados.Los resultados son reveladores: quienes consumían mayores cantidades de edulcorantes como aspartamo, sacarina, acesulfamo-K, eritritol, xilitol y sorbitol mostraron un deterioro más rápido de la memoria y la agilidad mental, especialmente en personas menores de 60 años y con diabetes. El estudio incluso estimó un envejecimiento cerebral adicional de 1,6 años en los consumidores más frecuentes.

Además, se plantea que algunos de estos compuestos podrían favorecer procesos de neuroinflamación y alterar la comunicación entre el intestino y el cerebro, acelerando la neurodegeneración.

Estos hallazgos invitan a replantear la percepción de los edulcorantes artificiales como inocuos, y abren nuevas líneas de investigación sobre su impacto en la función cognitiva. En un contexto donde lo “sin azúcar” se asocia automáticamente con lo saludable, este estudio nos recuerda que no todo lo que sustituye al azúcar está libre de riesgos.

Esto es solo,la información principal, pero si quieres saber más, aquí la tienes: https://www.consumer.es/alimentacion/edulcorantes-artificiales-pueden-afectar-salud-cerebral

Azúcar añadido: el enemigo invisible en nuestra dieta

Cuando pensamos en azúcar, lo primero que nos viene a la cabeza suele ser el típico café con dos cucharaditas, una tarta o el postre del domingo. Pero el verdadero problema del azúcar no está solo en lo que añadimos, sino en todo lo que consumimos sin saberlo.

En su libro El efecto glucosa, la investigadora Diana Díaz Rizzolo lanza una afirmación clara: la cantidad óptima de azúcar añadido para nuestra salud es cero. Aunque organismos como la OMS o la Asociación Americana del Corazón establecen límites diarios recomendados (entre 24 y 36 gramos al día según sexo y edad), lo cierto es que mantener el consumo en cero no solo es posible, sino deseable.

¿Por qué? Porque el azúcar que añadimos de forma consciente no es el que más daño hace. El verdadero reto está en el azúcar oculto que encontramos en productos aparentemente inofensivos: yogures de sabores, bebidas vegetales, barritas “saludables”, panes industriales, salsas, galletas integrales e incluso el zumo de naranja natural. En un menú común de 2.000 calorías, podemos llegar a consumir más de 80 gramos de azúcar añadido sin darnos cuenta, lo que cuadruplica los límites recomendados por la OMS.

Este consumo excesivo tiene consecuencias serias: mayor riesgo de enfermedades metabólicas, problemas cardiovasculares, resistencia a la insulina, alteraciones del estado de ánimo y adicción al sabor dulce. Pero más allá del impacto físico, también hay un componente cultural. Durante años, la industria alimentaria ha normalizado el consumo de productos azucarados, enmascarándolos bajo etiquetas como “ligero”, “integral” o “sin azúcar añadido”, que no siempre reflejan la realidad nutricional.

Y aquí entra en juego otro punto clave: leer las etiquetas. Parece sencillo, pero no lo es. La tabla nutricional no siempre distingue entre azúcares naturales y añadidos, y los ingredientes pueden aparecer con nombres poco conocidos: jarabe de glucosa, maltodextrina, fructosa, sirope de maíz… Todos actúan igual en nuestro cuerpo. Por eso, una lectura crítica del etiquetado es esencial si queremos reducir nuestro consumo real de azúcar.

Un ejemplo ilustrativo: dos tabletas de chocolate. Una presume de “sin azúcares añadidos” pero tiene maltitol como primer ingrediente. La otra contiene azúcar, pero en una proporción mínima y se elabora con un 80% de cacao. La opción más saludable, aunque parezca contradictorio, es la segunda. Porque el orden de los ingredientes importa más que los reclamos del envoltorio.

Conclusión: aunque las recomendaciones oficiales permiten ciertos gramos de azúcar al día, lo más saludable es evitarlo siempre que se pueda. Esto no significa vivir con culpa por tomar un postre ocasional, sino ser conscientes de que nuestros hábitos diarios —no los caprichos esporádicos— son los que determinan nuestro estado de salud.

En la alimentación, como en muchas cosas, menos es más. Y con el azúcar, cuanto más cerca del cero, mejor.