Alimentos caducados: ¿qué pasa si los comes?

Consumir alimentos después de la fecha que figura en su envase es una práctica común para muchas personas, sobre todo cuando el producto no presenta señales claras de deterioro, como mal olor, cambio de textura o sabor desagradable. Sin embargo, es fundamental comprender qué significa realmente esa fecha, cuáles son los riesgos asociados y cómo evitar posibles problemas de salud derivados de esta conducta.

Fecha de caducidad vs. fecha de consumo preferente

Los alimentos se deterioran por dos razones: el desarrollo de microorganismos y las reacciones bioquímicas (a partir de los compuestos del propio alimento, por las que se forman otros compuestos que pueden alterar las características organolépticas del producto). En las etiquetas de los alimentos encontramos generalmente dos tipos de fechas que indican distintos aspectos relacionados con la seguridad y calidad del producto. La primera es la fecha de caducidad, que aparece en alimentos muy perecederos como carnes frescas o lácteos. Esta fecha señala el límite máximo hasta el cual el alimento puede consumirse sin riesgo para la salud, ya que pasado ese día pueden proliferar bacterias peligrosas o microorganismos dañinos que ponen en riesgo la seguridad del consumidor. Por ello, se recomienda no consumir estos productos una vez superada esta fecha.

La segunda fecha es la del consumo preferente. Esta suele encontrarse en productos con mayor vida útil, como galletas, snacks, conservas o alimentos envasados. En este caso, la fecha indica el periodo durante el cual el alimento conserva sus características óptimas de sabor, aroma y textura. Pasado este tiempo, el producto puede perder calidad, pero no implica un riesgo inminente. Sin embargo, esto depende también de las condiciones de conservación que se hayan seguido.

Es importante tener en cuenta que, además de la fecha, el modo en que se almacenan los alimentos influye decisivamente en su seguridad. Guardar los productos según las indicaciones del fabricante, mantener la cadena de frío en productos refrigerados o congelados, y evitar la contaminación cruzada son aspectos fundamentales para evitar la proliferación de bacterias y microorganismos dañinos.

¿Nos lo podemos comer caducado?

Muchas veces nos decidimos a consumir un alimento ya caducado porque no presenta cambios que podamos percibir con la vista o el olfato. Sin embargo, aunque este no muestre signos evidentes de deterioro, existe la posibilidad de que contenga microorganismos patógenos que puedan provocar intoxicaciones alimentarias. Por ejemplo, hay patógenos como Salmonella, Listeria o Campylobacter que no provocan alteraciones de las características organolépticas pero pueden conllevar un riesgo importante para la salud. De hecho, un estudio reciente pone de manifiesto que un porcentaje importante de consumidores españoles admite consumir productos caducados siempre que el alimento no presente señales de deterioro.

Por eso, lo más prudente es tirar el producto cuando haya pasado su fecha de caducidad, y tener cuidado con los que tengan una fecha de consumo preferente vencida.

Para no tener que llegar a este punto de replantearnos si debemos tirar el alimento o no, es fundamental seguir siempre las indicaciones del etiquetado. Además, unas buenas técnicas para evitar el desperdicio alimentario serían ordenar bien la nevera, planificar el menú semanal y hacer la compra en función de él, o hacer inventario de lo que tenemos.

¿Y si está a punto de caducar?

En el caso de que haya un alimento que esté a punto de caducar, lo mejor sería consumirlo inmediatamente. Si no podemos, se puede optar por cocinarlo y refrigerarlo (así se alargaría la vida útil hasta unos 3 días), o directamente congelarlo (la congelación detiene el crecimiento de microorganismos y ralentiza las reacciones bioquímicas de deterioro).

En definitiva, aunque no todos los alimentos caducados suponen un peligro inmediato, es fundamental ser prudentes y respetar las fechas y condiciones indicadas para preservar la salud. Informarse y mantener buenas prácticas de almacenamiento y consumo son las mejores herramientas para evitar riesgos innecesarios.

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