
¿Cómo es cocinar para millonarios?
Pablo Albuerne, conocido en redes como @gipsychef, pasó casi cinco años viajando alrededor del mundo al servicio de un empresario chino. Su trabajo no se limitaba a cocinar: gestionaba reservas, realizaba compras especiales y asesoraba gastronómicamente al hombre que lo había contratado. Entre Hong Kong y Cuba, desayunos y cenas se convirtieron en parte de su rutina diaria, un reflejo del exigente y exclusivo mundo de los chefs privados.
El perfil de estos profesionales varía según el tipo de cliente. En villas de vacaciones o yates de lujo, se contrata a un chef por temporada para garantizar una experiencia gastronómica completa. Algunas familias con varias residencias optan por chefs que planifican menús y gestionan proveedores, aunque solo viajen puntualmente. En el nivel más exclusivo están los chefs de ultra‑ricos, quienes acompañan a sus «jefes» por todo el mundo y se encargan de cada detalle gastronómico, desde las compras hasta la organización de equipos locales.
A pesar del alto nivel de exigencia, muchos clientes valoran la simplicidad en la cocina. Cocinas mediterráneas, platos frescos y a la brasa son habituales, aunque siempre con productos de máxima calidad: pescado recién capturado, carnes selectas y agua embotellada de lujo. El chef Miguel Orts recuerda que, aunque en una semana solo cocinó platos sencillos como pollo a la plancha o huevos revueltos, el coste de las compras superó los siete mil euros.
La organización y la discreción son esenciales en este oficio. Los chefs privados coordinan menús, proveedores y banquetes de grandes dimensiones, y deben cumplir estrictas cláusulas de confidencialidad. Albuerne afirma: “Lo que es imposible, en muchos casos, el dinero lo hace posible”.
La retribución es uno de los principales atractivos: un chef privado itinerante puede ganar entre 5 000 y 6 000 euros al mes, con propinas que pueden elevarlo hasta 8 000 euros. Algunos contratos diarios con clientes extremadamente acaudalados alcanzan los 600 a 1 000 euros al día. Sin embargo, no todos soportan la presión de estar a disposición permanente del cliente. “Estás en una cárcel de oro viviendo la vida de otro… vas donde el cliente quiere ir y cocinas lo que él quiere comer”, explica Albuerne.
Pese al glamour y al alto sueldo, el oficio de chef privado se entiende a menudo como una etapa profesional más que como una carrera estable, un mundo donde la exigencia y la exclusividad marcan cada menú y cada viaje.

