A todos nos ha pasado o conocemos a alguien que le haya pasado. Da igual que sean unas palomitas embolsadas compradas del badulaque de la esquina, una botellita de agua mineral o esas galletas que tanto le gustan a tu peque. El caso es tú quieres ir al cine con comida comprada fuera del cine pero luego te aparece un portero en modo Gandalf contra Belrog soltando un: NO PUEDES PASAR.
EL CARTEL DE LA DISCORDIA
Tanto si compras la entrada por internet como en las taquillas de los cines seguramente te encontrarás con un disclaimer en el que te avisan mediante leyes, decretos y epígrafes cuya existencia desconocías de que no puedes entrar a las salas con comida o bebida del exterior. Ese cartel se coloca estratégicamente entre la cola para entrar a las salas y la cola para comprar palomitas. Pero vamos a aclararlo: la mera colocación de ese cartel ya es ilegal. Pero hay que saber porqué.
El inicio lo encontramos a nivel estatal. Actualmente en los cines se aplica el Real Decreto 2816/1982, de 27 de agosto, cuyo artículo 59.1.e) establece lo siguiente: «El público no podrá: (. . .) e) Entrar en el recinto o local sin cumplir los requisitos a los que la Empresa tuviese condicionado el derecho de admisión, a través de su publicidad o mediante carteles, bien visibles, colocados en los lugares de acceso, haciendo constar claramente tales requisitos.»
Pero ojo, hecha la ley echa la trampa. Además de reservar el derecho de admisión a razones de seguridad, higiene y orden público, los cines (de repente) incluyeron la prohibición de acceder con comida y bebida comprada del exterior. Y eso no está emparado por el derecho de admisión ya que sólo protege el interés económico de los cines. Es decir, los cines no pueden prohibirte pasar comida basándose en el derecho de admisión. Y ahí es cuando los estamentos poco a poco fueron dando la alarma.
Figura 1: Palomitas y otros consumibles que encontramos en el cine
Comer palomitas en las salas de cine es para muchos un ritual, pero para quienes hacen y proyectan películas es una estrategia. La relación entre salas de cine y comida no es casualidad y hasta tiene gran parte de base científica
El origen de las palomitas remonta a la Gran Depresión, principio de los 1930s, siendo el principal motivo de su popularidad el precio: entre 5 céntimos y 10 céntimos. Resurgió nuevamente en la Segunda Guerra mundial, puesto que fue uno de los productos que no se limitó su producción, y sería entonces cuando se vincularía con los cines. Gracias a la idea de Julia Braden, que consideró conveniente la inserción de las palomitas en las salas de cine para aumentar las ventas, se popularizó el consumo de dicho alimento mientras vemos una película.
Según Sarah Lefebvre, una profesora de marketing de la Universidad Estatal de Murray, EEUU, en los cines se induce un ambiente de luz tenue para fomentar la relajación y centrarse en la pantalla, y así conseguir que la cantidad de comida que ingerimos sea mayor, puesto que no nos preocupa y dejamos de prestarle atención.
Otra estrategia para impeler al consumidor es bajar la temperatura de las salas, puesto que esto le genera al individuo la necesidad inconsciente de alimentarse para de esta manera ganar calorías y mantenerse caliente.
Además, centrándose en el marketing, las sala de cine desarrollan estrategias para aumentar la consumición relacionando el contenido audiovisual que se expone y los alimentos que ofrecen, sacando por ejemplo combos en oferta con la temática de las películas en estreno o con mayor relevancia.
Un ejemplo es el bol de palomitas ofrecido en la campaña de promoción de la nueva película de F1, causando furor entre los fanáticos, o la palomera con palomitas de colores con el estreno de la película «Del Revés 2».
Figura 2: Palomera temática de casco de Fórmula 1 vendida como contenido promocional de la película en los cines Regal, cadena americanaFigura 3: palomera temática de la película «Del revés 2», con palomitas representando el color de las emociones de la protagonista
En el libro Food on Film: Bringing Something New to the Table, editado por Tom Hertweck, se explora el papel de la comida en el cine a través de una variedad de películas icónicas. Uno de los temas destacados es el papel de la comida en la cultura italiana y mafiosa, donde se utiliza para definir y reforzar los límites sociales. Sin duda la cinta El Padrino es un ejemplo claro de esta ambivalencia de la comida y su servicio a propósitos narrativos de poder y roles culturales. Pero el uso de la comida en el cine mundial va mucho más allá de este complejo escenario del escalafón social.
En el contexto de la película japonesa El sabor del té verde con arroz de [Director] Yasujirô Ozu, la familia es el foco principal, y las comidas y las mesas desempeñan un papel fundamental a lo largo de la historia, representando tanto la aflicción como la medicina en el realismo melancólico de Ōzu. En el Japón de posguerra, la comida se convirtió en una forma de analizar el momento histórico de pérdida y reconstrucción. El autor también destaca la naturaleza multisensorial del cine y cómo las imágenes de alimentos pueden comunicar simbolismo y crear un estado de ánimo.
En la película coreana noir 301, 302, la comida se utiliza para representar el choque entre los valores modernos y tradicionales. Este fascinante estudio psicológico que explora las complejidades de la soledad y la obsesión a través de la relación entre dos vecinas de apartamento. A medida que se desarrolla el diálogo entre ambas y se comparten comidas, se revelan pistas sutiles sobre la angustia emocional y las heridas psicológicas que cada una de ellas lleva consigo. La meticulosidad en la preparación y presentación de los platos por parte de la vecina del 301 es vital para enmarcar la actitud inquietante y despectiva de la vecina del 302.
Asimismo este libro indaga sobre la película Tiburón, examinando la representación hiperbólica del tiburón como un depredador real. Se analiza cómo se utiliza la comida como símbolo de poder en la película, que muestra a tres personajes en la película comiendo, y son los que tienen el poder de marcar la diferencia: el tiburón, Quint y Hooper. El autor argumenta que la película se ve mejor como un western, con el acto de comer en lugar de la violencia armada y el conocimiento. El tiburón representa al forastero peligroso que mata sin escrúpulos morales, mientras que el jefe Brody es el protector del pueblo en conflicto por la violencia. Quint y Hooper entienden el espíritu del tiburón y saben cómo cazarlo, mientras que Brody no está preparado.
Y es que el cine asiático, en todas sus latitudes, ha sabido sacar jugo a este tipo de historias. En la película Comer,beber, amar, la comida y el comer juegan un papel importante en la simbolización de las relaciones familiares en el Taiwán contemporáneo. Se adentra en el conflicto entre la virtud confuciana tradicional del respeto a los padres y la virtud occidental moderna de perseguir la felicidad individual.
La comida sirve como un medio en la película, no solo como sustento, sino como un medio para transmitir emociones, establecer dinámicas de poder y resaltar las diferencias culturales , esta vez dentro del núcleo familiar. Así, la familia tradicional china, representada en la película, se caracteriza por su estructura extendida, donde múltiples generaciones viven bajo un mismo techo. A pesar de las tensiones que surgen de los ideales occidentales de independencia en conflicto con los valores confucianos de interdependencia, los valores familiares tradicionales de confianza mutua y devoción entre padres e hijos siguen siendo significativos.
Paralelamente, el libro Appetites and Anxieties: Food, Film, and the Politics of Representation de Cynthia Baron, Diane Carson y Mark Bernard explora diversas temáticas relacionadas con la comida en el cine y su representación política. En primer lugar, se indaga en el caso de la elección de comida del personaje Bugsy —nuevamente una cinta de la mafia y sus relaciones de poder—, cuya preferencia por alimentos simples sugiere un anhelo por tiempos más sencillos y comunica su frustración por la falta de control en otros aspectos de su vida.
Además, su incapacidad para adaptarse a las normas de etiqueta convencionales revela su inadecuación para la alta sociedad, y la comida de élite no le brinda la satisfacción que busca. El contraste entre alimentos étnicos y no étnicos, así como entre comidas de diferentes clases sociales, resalta el dilema central de los gánsteres que anhelan movilidad social.
En cuanto a las películas de Alfred Hitchcock, se destaca el papel de la comida como símbolo de satisfacción sexual o como elemento ominoso que amenaza a los personajes con culpa o violencia. Las escenas de comida en sus filmes suelen incluir cuchillos, los cuales representan la ansiedad y la culpa que los personajes experimentan por sus acciones.
El texto explora las comidas judías y cómo los platos tradicionales desempeñan un papel fundamental en la alimentación y las dinámicas familiares de esta cultura. Sin embargo, también se señala que las restricciones dietéticas judías pueden dificultar la participación en sociedades multiétnicas y generar tensiones en la dinámica familiar.
Se analiza también cómo los documentales gastronómicos proporcionan una visión de la política personal y cultural. Mientras Hollywood censura las películas que desafían el sistema alimentario industrial, su distribución limitada refleja la política impulsada por las películas con fines de lucro que promueven el consumo de comida rápida.
La relación entre la gastronomía y el cine es mucho más profunda de lo que parece a simple vista. Desde los inicios del cine, la comida ha sido mucho más que un simple elemento decorativo: es un recurso narrativo, un símbolo cultural y, en algunas ocasiones, el verdadero protagonista de la historia.
El cine tiene la capacidad de hacernos sentir, recordar y hasta saborear a través de imágenes y sonidos. La comida, con su variedad de colores, texturas y aromas, se convierte en un puente entre la ficción y nuestras propias experiencias. ¿Quién no ha sentido hambre viendo una película en la que los platos parecen saltar de la pantalla?
Películas donde la gastronomía es protagonista
A lo largo de la historia del cine, muchas películas han hecho de la comida su eje central. El festín de Babette (1987) es un claro ejemplo: en una pequeña comunidad danesa marcada por la austeridad, la llegada de Babette y su banquete francés transforman no solo el paladar, sino también el corazón de los comensales. La comida se convierte en un acto de comunión, reconciliación y alegría, capaz de romper barreras sociales y sanar heridas.
En Chocolat (2000), el chocolate es el objeto que despierta los anhelos y emociones reprimidas de un pueblo francés. Vianne, la protagonista, utiliza sus creaciones para ayudar a los habitantes a reconciliarse consigo mismos, demostrando que la comida puede ser medicina para el alma.
La animación también ha explorado este vínculo entre cine y gastronomía. Ratatouille (2007) nos enseña que “cualquiera puede cocinar” y que la comida es un viaje a los recuerdos y a la identidad, como en la escena en la que el crítico Anton Ego prueba el ratatouille y es transportado a su infancia, mostrando así un homenaje hacia la gastronomía tradicional y la comida casera.
Otras películas como Como agua para chocolate, Julie & Julia o incluso clásicos como La dama y el vagabundo (con su icónico beso del espagueti) muestran cómo la gastronomía puede ser el reflejo y resultado de emociones y tradiciones.
Cine, televisión y la cultura de la comida
La complicidad entre cine, televisión y gastronomía no termina en la pantalla. Hoy en día, los programas de cocina, los “realities” gastronómicos y las redes sociales han hecho de la comida a un fenómeno cultural global. Sin embargo, el cine sigue teniendo ese toque mágico que nos permite experimentar la comida a través de los protagonistas, aunque no podamos oler ni probar los platos.
Quizás por eso, ver una película suele ir acompañado de palomitas, chocolate o algún antojo. Porque el cine y la comida, juntos, nos invitan a disfrutar, compartir y recordar que, en la mesa y en la pantalla, siempre hay historias por contar.
¿Quién no ha sentido hambre viendo una escena en la que los protagonistas disfrutan de un buen plato? En Londres, ese antojo se ha convertido en una experiencia real. Se llama Taste Film y es un cine inmersivo que permite al público comer y beber exactamente lo mismo que los personajes de la película, en el momento justo en el que aparece en pantalla.
La propuesta lleva funcionando más de cuatro años, pero ha sido recientemente cuando ha explotado en redes sociales gracias a TikTok. Un vídeo de la usuaria @ohlileven se ha hecho viral mostrando cómo, durante toda la película, los asistentes reciben en la mesa cada plato que aparece en la historia. “Flipando con este cine inmersivo donde todos los platos que salen en la peli te los ponen para que puedas probarlos”, comenta en el vídeo, que acumula ya cientos de miles de visualizaciones.
La experiencia funciona así: al llegar, los asistentes se sientan en una mesa asignada y reciben un menú detallado con los platos y el minuto exacto en el que se servirán. Si los protagonistas piden un batido, tú también recibes uno; si aparece una copa de vino o un cóctel neoyorquino, lo tienes delante al instante. Todo está cuidadosamente coordinado para que el espectador deguste la película a través del gusto, el olfato y la vista.
En la programación actual se encuentran títulos como The Holiday o Ratatouille, que además da pie a servir la icónica receta francesa homónima con una presentación casi idéntica a la del film. No es solo comida: también hay snacks, bebidas alcohólicas, postres y hasta meriendas.
Eso sí, la experiencia no es barata. El precio ronda las 80 libras por persona (unos 93 euros), dependiendo de la película. A pesar de ello, las entradas se agotan rápidamente mes a mes, ya que se trata de un plan único en su tipo y con gran potencial para los amantes del cine y la gastronomía.
Las redes ya piden que esta experiencia llegue a otras ciudades, como Madrid o Barcelona. Comentarios como “Qué ideaza, deberían hacerlo con pelis de anime” o “Imagina comer el Ratatouille mientras ves la escena final” se repiten una y otra vez en TikTok. Para muchos, no se trata solo de ir al cine, sino de formar parte de la película.
A sus 27 años Sydney Sweeney es una de las jóvenes actrices con mayor proyección en Hollywood. Desde que comenzase a llamar la atención con sus primeros papeles en series como El cuento de la criada, Todo es una mierda y, especialmente, la elogiada Euphoria de HBO, las oportunidades de la actriz no han dejado de multiplicarse tanto en la gran como en la pequeña pantalla.
Después de un prolífico 2024 en que la vimos en la taquillera comedia romántica Cualquiera menos tú, la cinta de terror Immaculate y en el thriller Eden de Ron Howard, este 2025 ya la hemos visto en la película de Apple TV+ Echo Valley y el próximo mes de noviembre estrena su nuevo largometraje, Christy, un biopic sobre la boxeadora Christy Martin que ha sido estrenada oficialmente en el Festival Internacional de Cine de Toronto que se celebra desde la semana pasada y que ahora acaba de mostrarnos su primer tráiler.
Película biográfica sobre la ex campeona mundial de boxeo Christy Martin, una bestia en el ring que era víctima de violencia doméstica en casa, la actriz ha abordado el que hasta ahora ha sido uno de sus papeles más físicos, tal y como ella ha contado en diversas entrevistas.
Sydney Sweeney: «Aumentamos mi consumo de calorías y empecé a tomar muchos batidos de proteínas y suplementos»
La más reciente la concedida a Variety durante dicho festival, en la que explicó cómo llegó a acabar con un ojo morado tras la recreación de una famosa pelea que enfrentó a su personaje contra la boxeadora Laila Ali. Según contó ella misma, Sweeney rodó las secuencias de boxeo de la película de forma consecutiva en una sola semana y dedicaba a entrenar las horas que le quedaban libres: «Terminaba después de 12 horas de rodaje y luego iba a entrenar otras dos horas. Toda esa semana fue agotadora».
Asimismo, la actriz tuvo que hacer frente a una notable transformación física para conseguir el físico musculoso e imponente de la boxeadora. Para ello era imprescindible ganar masa muscular, así que se sometió a una dieta hipercalórica al mismo tiempo que llevaba a cabo un entrenamiento intensivo que le permitiera convertir el exceso calórico en músculo.
«Trabajaba conmigo una nutricionista, además de un entrenador de pesas y un entrenador de boxeo», explicó Sweeney. «Aumentamos mi consumo de calorías y empecé a tomar muchos batidos de proteínas y suplementos, y a comer de todo. Comía muchos Smuckers, muchos sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada, batidos, simplemente comía constantemente porque éramos muy activos. Quemaba todo a la vez. Así que mantenerlo fue todo un reto».
El trabajo de la actriz de la película ha comenzado a generar cierta expectación de cara a los futuros Oscar 2026 y, de momento, la película fue recibida con una gran ovación en su proyección en el festival.
“El mola es va preparar amb la recepta que Tita havia heretat de Nacha… una recepta antiquíssima que es passava de generació en generació, sempre en mans de la dona encarregada de la cuina”.
Aquesta cita prové de l’obra romàntica, exponent del realisme màgic, Com a aigua per a xocolata, de Laura Esquivel, exemple de com una novel·la pot narrar històries, transmetre afectes i preservar identitats a través del menjar.
En aquest llibre, cada capítol inclou una recepta tradicional mexicana. Ingredients com la xocolata, el xile o el mola no sols assaonen la trama, sinó que reflecteixen la riquesa agrícola i cultural de Mèxic. A través de la cuina (i en la cuina) Tita, la protagonista, expressa les seves emocions, mostrant com la gastronomia pot ser un llenguatge universal i fent que el lector pugui assaborir les seves llàgrimes i passions.
Fotograma de la sèrie inspirada en la novel·la ‘Com a aigua per a xocolata’, de Laura Esquivel. IMDB
Gastronomia literària
Però el de Com a aigua per a xocolata no és l’únic cas. Perquè el menjar en la literatura va més enllà de simples descripcions culinàries. És un pont entre cultures, emocions i tradicions.
Chocolat de Joanne Harris, ambientada en un petit poble francès, mostra com el cacau –gràcies a la botiga de bombons que obre una forastera en un poble– pot trencar prejudicis i unir comunitats.
Moltes novel·les gastronòmiques també destaquen l’ús d’ingredients locals i de temporada, un principi clau de la cuina sostenible. Per exemple, Entre pólvora i canyella, d’Eli Brown, rescata sabors africans i caribenys basats en espècies com la canyella i el pebre. Aquests ingredients no sols donen identitat als plats, sinó que promouen el comerç just i l’agricultura local.
Un altre exemple fascinant on el culinari s’entremescla amb la narrativa es troba en la trilogia de novel·les històriques Asteca, de Gary Jennings. En aquestes recreacions del Mèxic prehispànic, es descriu detalladament com els personatges preparen platerets amb blat de moro, faves i xiles, els ingredients bàsics i inseparables de la dieta mesoamericana. A través de l’elaboració de truites, tamales, salses i diversos guisats, el lector se submergeix en la vida quotidiana i ritual d’aquesta civilització, on el menjar exerceix com a pilar cultural i social.
La novel·la Un viatge de deu metres, de Richard C. Morais, ofereix un ric tapís d’ensenyaments culturals i psicològics. El relat segueix al jove xef indi Hassan Haji i la seva família, els qui inauguren un petit restaurant a França just enfront d’un establiment Michelin. La història es converteix en una profunda exploració de l’assimilació cultural enfront de la preservació de la identitat. Més enllà de ser una deliciosa immersió en el món de l’alta cuina, la novel·la aborda les diferències dimensionis que pot tenir la gastronomia en aspectes com el dol, la resiliència i la cerca de l’excel·lència.
Rescat de tècniques ancestrals
Les novel·les també preserven coneixements culinaris en risc de desaparèixer. Com a aigua per a xocolata detalla mètodes com la nixtamalització del blat de moro –per a transformar el gra en massa– o l’ús del metate com a utensili de cuina. Aquests processos, encara que laboriosos, són més sostenibles que les alternatives industrials.
L’últim xef xinès, de Nicole Mones, es distingeix per la seva profunda exploració de la cuina tradicional com un tresor cultural i filosòfic. A través de la mirada de Maggie McElroy, una periodista estatunidenca que viatja a Pequín per a cobrir la mort d’un famós xef, la novel·la revela la lluita per preservar aquestes pràctiques mil·lenàries enfront de les pressions de la modernitat i la globalització.
Literatura en l’educació culinària
La literatura que abasta temes gastronòmics pot ser una eina educativa que vincula menjar, cultura i sostenibilitat. Escoles líders ja la usen per a formar xefs, conscients del seu impacte social i ambiental.
Aquests textos enriqueixen la formació culinària i combaten l’homogeneïtzació alimentària. A més, en reviure receptes oblidades, promouen la diversitat biocultural.
Per exemple, el Culinary Institute of America (CIA) inclou anàlisi de textos literaris en els seus cursos de cultura alimentària. A través d’ells, els estudiants exploren com les descripcions reflecteixen contextos històrics i geogràfics, a més dels canvis en l’alimentació, tècniques i ingredients que s’han realitzat al llarg de dècades i, fins i tot, segles.
A Itàlia, la Universitat de Ciències Gastronòmiques de Pollenzo (fundada per Slow Food) utilitza obres literàries per a discutir el valor simbòlic dels aliments. A Colòmbia, l’Escola Taller de Bogotà empra obres de Laura Restrepo per a ensenyar gastronomia local.
I al Perú, les escoles culinàries usen La guerra de la fi del món, de Mario Vargas Llosa, per a analitzar com el menjar reflecteix desigualtats socials. Això fomenta una visió més ètica de la gastronomia.
Més enllà del receptari
A través de novel·les i contes on l’alimentació és un pilar en la narrativa, és possible entendre històries, respectar temporades i valorar als qui conreen els aliments. Fins i tot, reflexionar sobre els nostres hàbits de consum alimentós i l’impacte que tenen, com succeeix amb Cadàver exquisit, d’Agustina Bazterrica. Aquí l’autora, amb una prosa crua i directa, despulla a l’acte de menjar de qualsevol romanticisme, exposant la deshumanització inherent a la producció industrialitzada d’aliments.
L’obra de Bazterrica ens obliga a mirar críticament la indiferència amb la qual sovint tractem l’origen del que mengem, i ens confronta amb la idea que el capitalisme i la comercialització excessiva de la vida poden desdibuixar perillosament els límits de la moralitat.
En un món on domina el menjar ràpid, aquests textos són un recordatori: la bona gastronomia neix d’arrels profundes, ens acompanya al llarg de la nostra vida i impacta significativament en la producció cultural i artística de cada país i regió del món.
Així, una novel·la pot convertir-se en un receptari, fer-nos viatjar a través del menjar o convertir-se en una nova influència per a experimentar la vida a través de l’alimentació.
Las salas de cine prohíben a sus usuarios entrar con comida y bebida del exterior, a la vez que venden estos mismos productos a precios más elevados dentro.
Una entrada por diez euros, y otros diez por las palomitas y la Coca-Cola, porque aunque quieras, las salas de cine no te permiten acceder con tu propia comida o bebida. Esta práctica, considerada abusiva, ya le ha costado más de una multa a varias cadenas de cine del país.
La Federación de Consumidores en Acción, FACUA, lleva años persiguiendo y denunciando a los cines, con la intención de convertir estos espacios en lugares menos hostiles para los consumidores. Ahora, gracias a la perseverancia de la federación, Kontsumobide, el Instituto de Consumo Vasco, ha multado a Yelmo Cines con 30.001 euros por impedir a los usuarios el acceso a sus instalaciones con alimentos adquiridos en el exterior.
Hubo un momento en el que la cadena de comida rápida, Mcdonald’s, además de un menú grande, ofrecía a sus consumidores la opción de un tamaño ‘super’ grande. Las hamburguesas venían acompañadas de una gaseosa de 1.2 litros y la porción de patatas fritas era el triple de la cantidad que hoy conocemos como mediana. El menú ‘super size’, el más abundante de la historia de Mcdonald’s, nunca llegó a comercializarse en Europa y fue retirado del mercado en Estados Unidos en 2004. Fue ese mismo año en el que el director de cine Morgan Spurlock (1970-2024) estrenóSuper Size Me, el documental que mostraba la desagradable realidad de la comida rápida y que representó uno de los golpes más duros para la compañía estadounidense. Veinte años después, el gigante del fast food no solo se recuperó por completo, sino que su industria es más grande que nunca.
¿Qué pasaría si solo comiera McDonald ‘s durante 30 días consecutivos?”. En el momento en que Spurlock se hizo esa pregunta, no se promovía el consumo de comida rápida como una opción saludable, pero el común del público desconocía por completo el impacto que podía llegar a tener su presencia en las dietas a largo plazo. “Mi colesterol se disparó, mi presión arterial aumentó. Como dijo uno de los médicos, mi hígado era paté”, explicó Spurlock en una entrevista con el New York Times poco después del estreno del documental. Los efectos de la comida rápida no solo lo hicieron engordar 11 kilos en un mes, también tuvo un impacto significativo en su estado de ánimo. “Estaba completamente deprimido, cansado, letárgico. Y tenía unos dolores de cabeza increíbles que desaparecían una vez que empezaba a comer comida rápida nuevamente”.
El documental Super size me fue nominado a un premio Oscar y recaudó más de 22 millones de dólares. Después de su estreno, Mcdonald’s no solo retiró el desproporcionado menú de sus establecimientos, también lanzó opciones más “saludables” con agua en lugar de gaseosa y una lista de consejos para realizar actividad física. Pero aun así no logró apaciguar la repercusión que el filme de Spurlock tuvo en aquel entonces, que expuso que las ensaladas de pollo con aderezo del establecimiento tienen más calorías que una Big Mac.
Dos décadas después, McDonald’s es más grande que nunca. Cuenta con casi 42.000 locales (al momento del documental existían 30.000) y tiene presencia en 119 países . En 2004, se estimaba que unas 46 millones de personas consumían a diario las hamburguesas de la franquicia en todo el mundo, hoy ese número supera los 68 millones.
Hemos visto ya algunas veces cómo el cine de ciencia ficción ha imaginado formas de alimentación futuristas que, aunque exageradas en su momento, se parecen cada vez más a la realidad actual. Estas películas anticiparon preocupaciones como el cambio climático, la producción alimentaria industrial, la sostenibilidad y la búsqueda de proteínas alternativas.
Algunos ejemplos cinematográficos que tratan estos temas clave son:
Nutrición sin placer
2001: Una odisea del espacio: Aparece comida líquida en envases, sin sabor ni textura, enfocada solo en nutrientes.
Esta película se anticipa el “nutricionismo”: prioriza lo funcional sobre el disfrute de comer.
Agricultura espacial y ecológica
Silent Running: Un último ecologista protege huertos espaciales tras la desaparición de la vida vegetal en la Tierra.
Hoy lo podemos relacionar con huertos urbanos y granjas verticales y la comida ultraprocesada y desigualdad.
Soylent Green: en un mundo superpoblado y contaminado, la mayoría come galletas verdes hechas de humanos (metáfora de la deshumanización alimentaria).
Reflejando preocupaciones actuales sobre la industria alimentaria y la ética. Y también los cambios en lo que se considera saludable.
Sleeper: en el siglo XXII, alimentos antes considerados dañinos se vuelven saludables.
Crítica a los vaivenes en las recomendaciones nutricionales y la despersonalización total de la comida
Brazil y Matrix: platos reducidos a purés sin identidad, pedidos por número.
Se pierde toda conexión con el origen natural del alimento, utilizando la tecnología para cocinar sin esfuerzo.
Regreso al futuro II: Nos muestra como las pizzas que se expanden automáticamente según el número de comensales.
Anticipa la comodidad extrema en la cocina, utilizando proteínas alternativas: insectos
Snowpiercer: barras de proteínas hechas de cucarachas para las clases bajas.
En paralelo, la ONU y empresas reales promueven el consumo de insectos como solución al hambre.
Ganadería genética y ética animal
Okja: Trata de un supercerdo modificado genéticamente para alimentar al mundo con menor impacto ambiental.
Crítica a la ganadería industrial y a la manipulación genética, inspirada en casos reales como los “Enviropigs”.
El cine de ciencia ficción nos muestra cómo ha servido como espejo y advertencia sobre el rumbo de nuestra alimentación. Muchas ideas que parecían exageradas hoy están presentes en debates sobre sostenibilidad, ética, tecnología alimentaria y salud.