Estudios sobre la vida y su relación con la comida

El artículo analiza investigaciones realizadas en México para comprender cómo se estudian los estilos de vida en relación con la alimentación. A partir de una revisión sistemática de artículos publicados en la última década, se observa qué variables se utilizan con más frecuencia y qué métodos emplean los investigadores. El objetivo es entender cómo se conceptualiza el “estilo de vida” vinculado a la comida y cuáles son las herramientas más comunes para estudiarlo. La revisión identifica tres grandes variables que influyen en los hábitos alimentarios: las características individuales, las interacciones sociales y los factores socioeconómicos. Muchos trabajos se centran en temas de salud pública, especialmente obesidad y diabetes, y prestan atención a los cambios alimentarios que se intensificaron durante la pandemia de COVID-19. En cuanto a metodología, predominan los cuestionarios y análisis estadísticos, aunque también se usan aproximaciones cualitativas como la etnografía para comprender con más detalle los hábitos y los contextos alimentarios. El estudio concluye que, aunque existe un avance importante en el análisis de estilos de vida y alimentación, aún falta una visión más completa que integre mejor las dinámicas sociales y los espacios donde se desarrollan los hábitos, lo cual sería clave para diseñar políticas públicas más eficaces.

En este enlace se le facilita más información sobre este tema: Estudios sobre los estilos de vida y su relación con la alimentación en México. Una revision

Cómo distinguir entre alimentos procesados saludables y ultraprocesados perjudiciales

En los últimos años, el debate sobre los alimentos procesados ha crecido. Muchos piensan que lo único sano es lo “fresco”, y que todo lo demás es dañino. Pero esta visión es simplista: no todo lo procesado es malo.

Procesar un alimento no significa automáticamente que sea insano. Cocinar, congelar, fermentar o pasteurizar son formas de procesamiento que usamos a diario y que, en muchos casos, mejoran la conservación y la seguridad de los alimentos.

¿Cómo saber qué alimentos evitar?

Para aclarar este tema, muchos han sido los organismos que han intentado hacer algún tipo de clasificación de alimentos desde finales de los 2000. Actualmente, la herramienta más utilizada por organizaciones como la OMS o la FAO es el sistema NOVA. Fue creado por la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Sao Paulo en el 2010. Este sistema agrupa los alimentos según su nivel de procesamiento, más que por su contenido de nutrientes (como se hacía hasta entonces):

Grupo 1: Alimentos sin procesar o mínimamente procesados

Incluye productos como frutas, verduras, legumbres secas, arroz, carne fresca, pescado o leche sin azúcar. Pueden estar congelados, pelados o pasteurizados, pero siguen siendo prácticamente naturales.

Grupo 2: Ingredientes culinarios procesados

Aquí entran productos como el aceite, la sal, el azúcar o el vinagre. Se extraen de alimentos naturales y se usan para cocinar, pero no deben consumirse solos.

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Grupo 3: Alimentos procesados

Son alimentos a los que se les ha añadido ingredientes del grupo 2 para conservarlos o darles más sabor, como el pan artesanal, las conservas de pescado o las verduras en salmuera.

Alimentos procesados: qué son, características, tipos, ventajas y ...

Grupo 4: Ultraprocesados

Son productos industriales con muchos ingredientes, incluyendo aditivos, azúcares, grasas refinadas y potenciadores del sabor. Algunos ejemplos: refrescos, bollería industrial, snacks, cereales azucarados, productos congelados listos para calentar, etc. Suelen tener poca o ninguna presencia de alimentos frescos.

Claves para diferenciar entre los alimentos procesados y ...

¿Qué deberíamos comer más (y menos)?

Según esta clasificación, lo ideal es basar nuestra dieta en alimentos del grupo 1, usar ingredientes del grupo 2 con moderación, y evitar o reducir al mínimo los del grupo 4.

La clave está en priorizar alimentos reales y preparar nuestras propias comidas siempre que sea posible. No se trata de demonizar todo lo que viene envasado, sino de saber diferenciar entre un bote de garbanzos cocidos (grupo 3, perfectamente saludable) y unas patatas fritas de bolsa (grupo 4, ultraprocesado con bajo valor nutricional).

https://elpais.com/gastronomia/el-comidista/2018/07/17/articulo/1531844078_798176.html#?rel=lom

Relación entre la nutrición y el sistema inmunitario

“Que tu medicina sea tu alimento y el alimento tu medicina”. Esta frase proferida por Hipócrates en la antigua Grecia alude a una realidad que todos podemos intuir: la dieta que seguimos repercute en nuestro organismo y, según su composición, favorece o impide que nos mantengamos sanos. La relación entre alimentación y salud siempre se asumió como cierta, pero no fue hasta la década de los 60 del siglo pasado cuando se constató la interacción entre nutrición e infección. Estudios realizados por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT por sus siglas en inglés) y la Organización Mundial de la salud proporcionaron evidencias científicas de que las consecuencias de muchas infecciones son más graves cuando existe malnutrición y que las infecciones por sí mismas puedan causar malnutrición. Así se sentaron las bases de la inmunonutrición, una ciencia transversal que despuntó en la década de los 70 del siglo pasado y que da título al último número de la colección ¿Qué sabemos de? (CSIC-Catarata).

Sobre el libro INMUNITRICÓN

En el libro Inmunotriciónlas científicas del CSIC Ascensión MarcosEsther NovaSonia Gómez-Martínez y Ligia Esperanza Díaz explican las claves de este campo de investigación que busca estudiar y adaptar el consumo de los alimentos y el estilo de vida para mantener las defensas de nuestro organismo y prevenir así posibles enfermedades. La relación entre nutrición e infección, la importancia de la microbiota intestinal para la defensa del organismo o la incidencia del estrés y el ejercicio físico en la salud son algunos de los temas abordados en el texto.  “Hoy se sabe que nuestra dieta puede ayudar a prevenir tanto patologías infecciosas como otras en las que subyacen procesos inflamatorios, como la obesidad, la diabetes tipo 2 o las enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas o autoinmunes”, apuntan.

Las científicas del grupo de Inmunonutrición, que desarrolla su trabajo en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN), destacan que una nutrición adecuada es la clave para una respuesta inmunológica óptima, es decir, capaz de luchar contra cualquier agente extraño que suponga una agresión al organismo sin resultar dañina para nuestros propios tejidos y células. “Esto es así porque las células del sistema inmunológico tienen unos requerimientos de nutrientes para poder desarrollar sus funciones. Por ejemplo, una ingesta proteica suficiente es crucial para una producción óptima de anticuerpos”, aclaran.

Microbiota intestinal, clave para nuestro sistema inmunitario

Uno de los principales objetos de estudio en inmunonutrición es la microbiota intestinal: billones de bacterias que, en conjunto, no pesan más de 200 gramos pero realizan funciones muy provechosas, como si se tratase de un nuevo órgano. Entre otras funciones, interviene en la absorción de vitaminas, el aprovechamiento energético de los compuestos de los alimentos o la protección frente a organismos patógenos, ya que impide que estos se adhieran a las mucosas y modulan los mecanismos de defensa inmunológica.

Esta microbiota evoluciona a lo largo del ciclo vital, de forma que cambia tanto el número de especies que la conforman como su abundancia. Así, la diversidad microbiana de los bebés es más baja que la de los adultos. Otra de las características de este conjunto de microorganismos es la resiliencia, pues es capaz de tolerar condiciones adversas (como cuando tomamos antibióticos, tenemos estrés o sufrimos una diarrea infecciosa) y recuperar el estado de equilibrio del que partía.

Además, la microbiota intestinal posee una variabilidad infinita porque no hay dos iguales. Cada individuo tiene su propia composición de microorganismos, aunque las funciones que éstos realizan sean las mismas. “Esto nos lleva a investigaciones como las desarrolladas en la actualidad, que consisten en definir un conjunto mínimo de funciones que sean propias de una microbiota sana, independientemente de los microorganismos que las realicen”, explican las autoras.

Estilo de vida, alimentación y defensas

Hay factores intrínsecos al individuo como la edad o la genética que no se pueden modificar, pero otros, como la nutrición, sí se pueden modular y, con ello, disminuir el riesgo de un mal funcionamiento del sistema inmunitario. “Nuestro país pertenece a la cuenca mediterránea y su dieta es la primera opción que debemos seguir para obtener un buen estado nutricional, pero las alteraciones de la misma, como omitir alguna de las tres comidas más importantes del día o comer demasiado deprisa, no ayudan a mantener fuertes nuestras defensas”, indican las investigadoras. Además, “la relación entre nutrición e inmunidad se pone de manifiesto desde la época más temprana de la vida, puesto que la alimentación de la madre gestante y del bebé recién nacido influye en el desempeño psicológico y físico en los años subsiguientes y hasta en la salud general en la edad adulta”, añaden.

Si atendemos a otros aspectos, el ejercicio físico también puede ser un buen aliado, siempre que se practique de manera regular y con una intensidad moderada. Al igual que la nutrición, se ha demostrado que el ejercicio tiene repercusión directa en la diversidad y composición de la microbiota intestinal.

El estrés es otro factor que nos acompaña más de lo indicado y que debemos reducir.  El grupo de investigación en Inmunonutrición señala que en este estado generamos cortisol, una molécula que deprime el sistema inmunitario y provoca que las personas sean más vulnerables a padecer una infección o un proceso de inflamación. También afecta al sueño y, en consecuencia, a su capacidad reparadora del organismo y del sistema inmunitario.

Aunque hay un consenso general sobre el estilo de vida más adecuado para nuestro sistema inmunitario, la cuestión se complica cuando queremos concretar estas evidencias en pautas específicas y universales. “No es fácil precisar ni garantizar la ingesta adecuada de cada uno de los nutrientes para cada individuo. Esta cuestión se vuelve complicada porque los requerimientos varían en distintas situaciones fisiológicas y según factores genéticos individuales y estilos de vida, además de verse afectados por interacciones entre los distintos nutrientes que se ingieren, y de estos con otros compuestos, como los medicamentos”, precisan. Lo que sí dejan claro es que una dieta equilibrada y buenos hábitos de sueño, descanso y actividad física, así como de cuidado emocional, favorecen una buena función inmunitaria.

Para saber más información sobre este tema, haga uso de este link para poder indagar sobre noticias relacionadas: https://www.csic.es/es/actualidad-del-csic/investigadoras-del-csic-explican-la-relacion-entre-la-nutricion-y-el-sistema-inmunitario?utm_