Japón es un paraíso para los amantes de la comida, y la forma de comer aquí es tan variada como deliciosa. Desde los shokudō, esos pequeños comedores donde los locales van a diario, hasta los izakayas, bares donde se comparte comida y bebida en un ambiente informal, hay opciones para todos los gustos y presupuestos. También encontrarás restaurantes especializados en ramen, sushi, yakitori o yakiniku, cada uno con su estilo y sabor único. Lo mejor es perderse y probar distintos lugares para descubrir la riqueza de la gastronomía japonesa.
Aunque el sushi es lo más famoso fuera de Japón, la cocina japonesa ofrece muchísimo más: ramen, udon, soba, tempura, donburis, okonomiyaki, curry japonés o gyōzas, entre otros. Cada región tiene sus especialidades, y explorar estos sabores es una parte esencial del viaje. Incluso si no eres fan del pescado crudo, hay opciones abundantes y deliciosas que no decepcionan.
Comer en Japón también tiene su ritmo y costumbres: muchos restaurantes se especializan en un solo tipo de plato, las cartas suelen ser cortas pero claras, y a menudo incluyen fotos o réplicas de los platos para ayudarte a elegir. Para quienes buscan algo rápido y económico, los konbini (tiendas de conveniencia) son una opción práctica sin perder calidad. En definitiva, comer en Japón es una experiencia en sí misma, y cada comida se convierte en una oportunidad de descubrir un poco más de la cultura y el estilo de vida japonés.
Para muchos viajeros occidentales, sentarse a una mesa en China, Japón, Corea o Vietnam y no encontrar cuchillo ni tenedor puede resultar sorprendente. Sin embargo, esta elección no tiene nada de caprichosa: es el resultado de una evolución histórica profunda que transformó la forma de cocinar, servir y entender la comida en Asia oriental.
La historia de los palillos se remonta a la dinastía Shang, alrededor del 1200 a. C., cuando no eran utensilios de mesa, sino herramientas largas de bronce usadas para mover alimentos en ollas muy calientes. Su uso cotidiano en la mesa llegó mucho después, hacia el siglo IV d. C., gracias a un cambio clave en la cocina: los ingredientes comenzaron a cortarse en trozos pequeños antes de ser cocinados para ahorrar combustible y acelerar la preparación. De esta transformación surgió la herramienta ideal para trasladar esos bocados directamente a la boca: los palillos.
Pero la expansión definitiva de su uso se atribuye a la influencia de Confucio. El filósofo defendía que la comida debía promover armonía y alejar cualquier símbolo de violencia. Para él, colocar un cuchillo afilado sobre la mesa evocaba la muerte del animal y perturbaba la experiencia de comer. Su principio era claro: “En la mesa, nada que recuerde a un arma”. Los palillos, suaves y sin filo, encajaban perfectamente en esta visión.
Con el tiempo, esta idea moldeó toda la gastronomía de la región. Los platos comenzaron a prepararse completamente cortados, listos para compartirse en el centro de la mesa. No hay piezas grandes que cortar, sino pequeños bocados pensados para ser tomados con facilidad. De hecho, muchos alimentos serían incómodos de manipular con tenedor o cuchara, pero funcionan a la perfección con palillos.
Entonces, ¿por qué muchos países asiáticos no adoptaron el cuchillo y el tenedor? La respuesta es sencilla: su cocina no lo requiere, y sus palillos son parte de su identidad cultural. Igual que en Occidente ciertos gestos gastronómicos forman parte del ADN culinario, en Asia oriental el uso de palillos simboliza tradición, estética y una forma particular de relacionarse con la comida.
Eso no impide que, al enfrentarse a comida occidental, usen cubiertos sin dificultad. Pero en su día a día, comer con palillos es más que una costumbre: es una filosofía que invita a comer despacio, con suavidad y sin violencia. Un legado milenario que aún se mantiene vivo en millones de mesas a lo largo del continente.
La tortilla de patatas es uno de los grandes clásicos de la cocina española, pero no te dejes engañar por su aparente sencillez: con pocos ingredientes —patata, huevo, aceite, sal y, opcionalmente, cebolla—, es fácil que salga seca, demasiado cuajada o sin sabor si no se cuida la técnica. Muchos cometen errores habituales que arruinan el plato, desde no confitar bien las patatas hasta batir demasiado los huevos o dejarla demasiado tiempo al fuego.
El equipo de El Comidista identifica los fallos más comunes y ofrece un método que asegura una tortilla jugosa y sabrosa. La clave está en cocer las patatas a fuego lento con suficiente aceite para que queden tiernas por dentro, dorarlas ligeramente después para aportar textura, mezclarlas con el huevo sin airearlas demasiado y cuajar la tortilla con paciencia, dando la vuelta con cuidado y evitando que se endurezca. La cebolla es opcional, pero aporta sabor si te gusta. Con estos pasos, incluso los cocineros más novatos pueden conseguir una tortilla de diez.
Del 7 al 9 de noviembre, el barrio de San Ángel en Ciudad de México se llenará de libros, ideas y sabores con Comestible, una feria dedicada a la literatura culinaria. La iniciativa reunirá a 26 expositores, entre editoriales, proyectos independientes, ilustradores y autores que han autopublicado sus libros, con el objetivo de acercar a los lectores al mundo de la comida más allá de las recetas.
La feria surge de la Librería Gallina de Guinea, dirigida por Andrea Arbide, quien reconoce que uno de los mayores retos ha sido encontrar títulos locales sobre gastronomía. “La mayoría de los libros que tenemos son importados, sobre todo de España y Estados Unidos”, comenta. Con Comestible, Arbide quiere crear un espacio para que lectores y creadores se encuentren, y para impulsar la conversación sobre la cocina y la literatura en México.
El programa de la feria incluye charlas y talleres que muestran que la comida se puede contar de muchas formas: con memorias, poesía, literatura o fotografía. Según Arbide, muchos visitantes se sorprenden al descubrir, por ejemplo, libros de poesía infantil relacionados con la gastronomía. La idea es demostrar que los libros sobre comida pueden ser mucho más que instrucciones para cocinar; son también una manera de contar historias, recuerdos y cultura.
Con esta feria, Arbide espera fortalecer el interés por la literatura gastronómica, apoyar a los autores locales y ofrecer a los asistentes un verdadero “banquete” de ideas y sabores que conecta lectura y comida.
El XI Seminario sobre Alimentación y Estilos de Vida Saludables, organizado por el CIBEROBN y la Universitat de les Illes Balears, se celebró en julio de 2019 en Barcelona. Reunió a expertos en nutrición, salud y alimentación para hablar sobre los nuevos desafíos y avances en alimentación saludable, prevención de la obesidad y estilos de vida sostenibles.
Asimismo, se trató la alimentación sostenible, presentando alternativas innovadoras como la carne cultivada, los alimentos funcionales y los productos bioactivos, que buscan ofrecer opciones saludables respetuosas con el medio ambiente y capaces de satisfacer la demanda de una población creciente. El seminario también subrayó la prevención desde la infancia, destacando la importancia de la educación alimentaria y la actividad física en el hogar para establecer hábitos saludables duraderos y reducir riesgos de obesidad en la edad adulta. Otro aspecto clave fue la necesidad de distinguir entre información científica confiable y mitos o “post-verdades” propagadas por redes sociales y medios de comunicación, promoviendo la alfabetización nutricional y decisiones informadas sobre la dieta. Finalmente, se enfatizó la colaboración multidisciplinar, conectando investigadores, industria alimentaria y autoridades para desarrollar estrategias integrales que combinen educación, innovación y políticas públicas, con el objetivo de mejorar la salud y el bienestar de la población de manera sostenible y responsable.
Las Estrellas Michelin son una distinción a los restaurantes y hoteles que reconocen la extrema calidad de su comida y servicios. En este artículo te contamos cómo nacieron las Estrellas Michelin y cómo se decide quién se lleva las estrellas cada año.
Todo comenzó en 1900, cuando André Michelin, el de la ruedas para coches, se dio cuenta que el automóvil permitía desplazamientos a larga distancia y que, por tanto, los viajeros iban a necesitar dormir y comer. Así nació la “Guía Michelin” cuya primera tirada fue nada menos que de 35.000 ejemplares. En 1910 se publicó la primera “Guia Michelin” para España y Portugal.
En 1936 evolucionaron las cosas y se concedieron las primeras “Estrellas”, así se pasó de señalar lugares en general a distinguir los que destacaban por su calidad, calificándolos según el número de estrellas.
Pero….
¿Qué significan las Estrellas Michelin? Un restaurante puede tener 1, 2 o 3 “Estrellas”:
Tres Estrellas supone tener una cocina excepcional, y merece la pena viajar para comer en él.
Dos “Estrellas” indican que el restaurante es muy destacado en su tipo de cocina y es reconocido a nivel internacional.
Una “Estrella” significa que el restaurante es muy bueno y goza de reconocimiento a nivel nacional.
Una de las cosas más curiosas es el método que se sigue para conceder las “Estrellas”, es muy riguroso y secreto.
Durante el año previo a la concesión de la estrella, un inspector recorre en secreto restaurantes y hoteles de prestigio. La idea es comprobar el trato y el servicio que recibe un cliente normal. El inspector se las apaña para conocer todo: comida, vinos, sabores… Así recopilan una información muy amplia que les permite distinguir cuáles son los mejores establecimientos.
El juicio de los inspectores no coincide muchas veces con el del público, es decir, tener muchos clientes no garantiza una “Estrella”.
La elección de las Estrellas Michelin es puramente subjetiva, pero es cierto que lo realizan personas muy expertas a los que también se les exige mucho para que sus dictámenes gocen de credibilidad. Las “Estrellas Michelin” también son juzgadas y no puede defraudar al público que cree en ellas.
Para la primera “Estrella” realizan cuatro visitas de inspectores nacionales. Para la segunda se realizan 10 visitas de inspectores nacionales y franceses. La tercera se consigue después de visitas muy minuciosas de inspectores internacionales.
Con un nombre inspirado en Giuseppe Arcimboldo, un artista de fines de la Edad Media que pintaba retratos con verduras, este chef de NotCo es en realidad un algoritmo que usa inteligencia artificial para crear comida elaborada a partir de plantas que reemplazan alimentos con base animal.
El producto más popular de Giuseppe hasta ahora es NotMayo, una mayonesa creada a partir de garbanzos (en vez de huevos) en el laboratorio de la startup chilena The Not Company (NotCo).
La firma acaba de lanzar una leche (sin leche de vaca, pero con gusto a leche de vaca) y un helado hecho a partir de piña, repollo y arvejas.
Y está trabajando para producir carne (con sabor y apariencia de carne) de origen vegetal.
La industria ganadera es la principal causa de los males medioambientales», argumenta Muchnick, dado que «hay que invertir una cantidad brutal de recursos como tierra, agua y energía para producir un kilo de carne».
El emprendedor dice que hay un reino vegetal que ni siquiera está explorado, con más de 400.000 especies de plantas en el mundo, de las cuales apenas conocemos el 0,1%.
Fundada en Santiago hace tres años y medio por Matías Muchnik, Karim Pichara y Pablo Zamora, la startup consiguió este año financiamiento por US$30 millones para ampliar sus investigaciones y expandirse a nuevos mercados.
Y entre los inversores que están respaldando la aventura comercial está Jeff Bezos (fundador de Amazon), el hombre más rico del mundo, además de otros grandes jugadores en el mercado de capital de riesgo.
Con 125 empleados, la firma planea expandir sus actuales operaciones en Chile, Argentina y Brasil a países como Colombia, Estados Unidos y México, en medio del boom global que experimenta el mercado de la comida tecnológica o tech food.
«Este sector va a crecer exponencialmente. Hoy el consumidor tiene más poder que nunca y exige cambios para no seguir destruyendo el medioambiente», dice Muchni.
La revolución tecnológica redefine el origen, el sabor y la forma en que cocinamos. La IA se convierte en una aliada invisible que transforma la gastronomía, optimiza recursos y abre el camino hacia una cocina más eficiente y sustentable.
La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un sistema operativo que ya moldea el futuro de la alimentación. En la industria gastronómica y alimentaria, su potencial no se mide solo en innovación tecnológica, sino en impactos concretos: reducción del desperdicio, trazabilidad más robusta y procesos energéticamente más eficientes.
En un contexto donde casi una quinta parte de los alimentos termina desperdiciándose —más de mil millones de toneladas anuales según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente— la IA ofrece una salida inteligente para producir más con menos.
Los algoritmos ya no solo predicen tendencias o crean recetas; ahora diseñan nuevas fuentes de proteínas, ajustan texturas y mejoran perfiles de sabor. Así, el aprendizaje automático se convierte en el nuevo arte de cocinar con datos.
El primer terreno donde la inteligencia artificial consolida su valor es la formulación. Modelos de aprendizaje automático entrenados con bibliotecas de compuestos, matrices sensoriales y datos de consumo permiten crear combinaciones que antes requerían meses de prueba y error.
Ejemplo de ello es la colaboración entre McCormick e IBM, que logró convertir algoritmos sensoriales en propuestas comerciales en tiempo récord. En América Latina, NotCo marcó un antes y un después al usar IA para “mapear” equivalencias entre ingredientes de origen vegetal y animal. Su plataforma Giuseppe AI patentada en 2021, hoy permite desarrollar alimentos con sabor y textura comparables a los tradicionales, pero con menor impacto ambiental.
Este tipo de innovación sienta las bases de una nueva disciplina: la “ingeniería del sabor”. Gracias al análisis de datos ómicos y modelos de aprendizaje profundo, la IA puede predecir cómo se percibirán los compuestos volátiles de un alimento antes de cocinarlo. La consecuencia es clara: optimización sensorial con menos recursos, menos pruebas y menor consumo de energía.
El segundo gran impacto de la IA está en la sostenibilidad operativa. Mediante herramientas como gemelos digitales, las plantas alimentarias pueden simular líneas de producción, calibrar parámetros de proceso y anticipar fallas sin detener operaciones. Estos sistemas —combinados con sensores, control avanzado y analítica predictiva— ya muestran mejoras comprobables en eficiencia y ahorro de agua y energía.
El siguiente gran paso está en la nutrición de precisión, una frontera donde la IA se encuentra con la medicina y la gastronomía. Gracias a la integración de ciencia de datos, genómica y metagenómica, los algoritmos pueden generar dietas adaptadas al microbioma, metabolismo y objetivos de bienestar de cada individuo.
Estudios recientes demuestran que los programas personalizados con apoyo de IA mejoran los marcadores cardiometabólicos frente a los consejos nutricionales generales. Sin embargo, su aplicación plantea desafíos éticos: el manejo de datos sensibles, la transparencia algorítmica y la equidad en el acceso a estas tecnologías.
La alimentación es una de las necesidades básicas del ser humano, por lo que no es extraño que este le haya prestado especial atención a lo largo de su historia. Por ese motivo, desde el momento mismo en el que surgió la escritura encontramos textos que aluden a alimentos y comida, a su almacenaje y su comercio que se convierten en lo que podemos entender como la prehistoria de la literatura gastronómica.
A partir de ahí, hemos visto como el alimento atraviesa diferentes géneros en la literatura y estilos, en todas las culturas y en todas las épocas, del Gilgamesh a la Biblia, de las leyendas populares a los textos medievales del ciclo artúrico, adquiriendo en ocasiones un carácter simbólico o ritual que mantendrá, adaptándose, a lo largo del tiempo.
¿Qué es la literatura gastronómica?
La diversidad de textos relacionados con la alimentación ha dado lugar a múltiples formatos, como documentos administrativos, textos periodísticos, trabajos científicos, manuales y recetarios. Aunque todos tienen valor histórico, no deben considerarse literatura gastronómica en sentido estricto. Esta se define por obras y autores que emplean la gastronomía como tema o recurso estético, sin una finalidad práctica directa. En ella predominan los ensayos, crónicas, textos poéticos y obras de ficción donde la cocina y el acto de comer se convierten en elementos literarios centrales.
La gastronomía en la literatura a lo largo de la historia
En la cultura occidental, los primeros textos literarios donde la gastronomía adquiere relevancia aparecen en la época griega pre-clásica. Un ejemplo temprano es La Ilíada de Homero, que describe banquetes de soldados con carnes asadas. Sin embargo, el primer texto centrado explícitamente en la gastronomía como tema principal es el Calendario de Ananio del siglo VI a.C., una obra poética en versos yámbicos que presenta un calendario culinario con referencias a recetas como gambas en hoja de higuera, pescados en salsa de ajo y alimentos valorados como el atún, la cabra o el buey cebado.
Desde la época imperial romana, la gastronomía ha ocupado un lugar destacado en la literatura universal. Obras como De Re Coquinaria de Apicius y el Satiricón de Petronio muestran cómo lo culinario se convierte en tema central o recurso narrativo. En esta etapa, la comida también se usa como elemento simbólico para caracterizar culturas, como ocurre en las descripciones de Estrabón sobre los pueblos del norte de Hispania, donde los hábitos alimenticios reflejan la distinción entre lo civilizado y lo bárbaro.
A lo largo de la historia, lo gastronómico se consolida como motivo literario, presente en obras como el Libro de Buen Amor, Gargantúa de Rabelais, El Quijote y la literatura picaresca española. En el siglo XIX, el realismo y el naturalismo refuerzan esta tendencia, con ejemplos destacados en las novelas de Emilia Pardo Bazán y los textos costumbristas de Mesonero Romanos, donde la cocina se convierte en reflejo de la vida cotidiana y en vehículo de crítica social.
La literatura culinaria contemporánea
Durante el siglo XX, la literatura culinaria experimenta una diversificación definitiva. Tras décadas de consolidación del tema gastronómico en la narrativa, comienzan a surgir nuevas relaciones entre cocina y géneros literarios, especialmente el policíaco y detectivesco. Obras como las de Arthur Conan Doyle, con Sherlock Holmes y sus frecuentes referencias a comidas, marcan el inicio de esta tendencia. Le siguen personajes como Poirot, Sam Spade y Philip Marlowe, quienes incorporan lo gastronómico —incluida la gastronomía líquida— como parte de su identidad literaria, reflejando cómo la alimentación se convierte en un recurso narrativo y simbólico en la literatura contemporánea.
La literatura gastronómica contemporánea se ha diversificado notablemente, integrando lo culinario en géneros como el policíaco, el ensayo y la narrativa emocional. Autores como Vázquez Montalbán, Camilleri, Hemingway o Laura Esquivel han usado la comida como recurso narrativo, simbólico o identitario. En los últimos años, nuevas voces y editoriales han impulsado este subgénero, mientras que la literatura japonesa también ha incorporado la gastronomía en novelas, manga y anime. La creación de los Roca Awards confirma su creciente relevancia y proyección futura.
El azúcar es el ingrediente predominante, superando el 50% en algunos productos, mientras que el pistacho apenas alcanza el 13,7% en las versiones de supermercado.
Para descubrir la verdad detrás del envase, comprender qué es lo que realmente importa en la etiqueta de un chocolate y aprender a interpretarlo, consultamos a la dietista-nutricionista Laura Jorge, fundadora y directora del centro de salud, nutrición y psicología que lleva su nombre. Su veredicto: solo el chocolate negro con al menos un 85% de cacao es verdaderamente saludable.
Chocolate Negro
Esta variedad tiene la lista de ingredientes más corta entre las analizadas. Con un 85% de cacao, se puede disfrutar con moderación, afirma Jorge, ofreciendo «un toque de dulzor a la vez que mantiene un alto contenido de cacao». Esto le proporciona un sabor agradable, «aprovechando sus beneficios antioxidantes y unos niveles de azúcar en sangre más estables».
Chocolate con Pistacho
Este chocolate de supermercado, al estilo de Dubái, suele estar hecho de chocolate blanco relleno de crema de pistacho y pasta filo tostada. Jorge destaca la presencia de emulsionantes, colorantes y reguladores de acidez entre sus ingredientes.
Chocolate Blanco
“El azúcar suele ser el primero en la lista de ingredientes, con un porcentaje de entre el 50 y el 60%”, explica Jorge. “Eso lo convierte en una opción menos atractiva”. También advierte que el chocolate blanco no contiene cacao sólido (ni en pasta ni en polvo), donde se encuentran antioxidantes, flavonoides y minerales. “Muchos también contienen emulsionantes como la lecitina”.
Cómo leer las etiquetas del chocolate
Ingredientes en orden de importancia: Si el azúcar aparece primero, es mala señal.
Porcentaje de cacao: El mínimo recomendado es del 85 %.
Evita: Aceites hidrogenados, lecitina de soja y jarabes de glucosa.
Ten cuidado con afirmaciones como «sin azúcar añadido»: Busca edulcorantes excesivos o publicidad engañosa.
Certificaciones como Comercio Justo, Bio o Rainforest Alliance suelen indicar prácticas sostenibles o mayor calidad.
Por último: Aunque un chocolate no sea la opción más saludable, puede ser un complemento ideal para una dieta equilibrada si se consume ocasionalmente y con moderación.