La hambruna silenciada de la posguerra española

En los años 40, tras la Guerra Civil, la sociedad española quedó dividida entre quienes podían comer pan blanco y aquellos que sólo podían consumir pan negro. Fue el comienzo de lo que supuso una auténtica hambruna en toda regla. Es lo que pone de relieve un artículo en The Conversation que detalla que en los peores años (1939-1942 y 1946) cayó drásticamente el poder adquisitivo de la población y se registraron numerosas muertes por inanición. Se ha calculado que solo en el periodo 1939-1944 murieron 200.000 personas directa o indirectamente. Pese a los pretextos esgrimidos durante décadas por la dictadura franquista, hoy sabemos que el hambre de los años cuarenta en España tuvo su origen en la política autárquica impulsada por el régimen con fines nacionalistas.

En su novela autobiográfica El niño pan, publicada originariamente en francés en 1983, el novelista y dramaturgo Agustín Gómez Arcos describía el pan de la posguerra española como el más preciado de los sacramentos. Para quienes pasaban hambre, como el niño que protagoniza la novela del escritor almeriense, sólo existía el pan. No podían dejar de soñarlo, de pensar en él ni de mirarlo cuando aparecía ante sus ojos. Su presencia ahuyentaba el hambre, mientras que su ausencia la evocaba.

La polarizada sociedad de los años 40 en España quedó dividida entre quienes podían comer el apetitoso pan blanco, hecho a base de harina de trigo, y aquellos que sólo podían consumir pan negro, hecho con harinas de centeno o cebada popularmente consideradas de segunda categoría y que le conferían un mal aspecto y una textura desagradable. Además, solía contener numerosas impurezas como raspas de la cebada e incluso hilos de los sacos en los que se almacenaba.

Todavía hoy nuestros abuelos comen pan como acompañamiento de una larga lista de alimentos, sienten que no están saciados si no lo consumen o lo besan si se cae al suelo antes de volver a colocarlo en la panera. También insisten en que nos acabemos el plato de comida para no desperdiciar nada, aprovechan las sobras al día siguiente, llenan la nevera “por si acaso” y comen en exceso como buscando compensar las carencias del pasado.

En sus cocinas aún huele a recetas de posguerra como las gachas, las migas o las papas a lo pobre. En sus elecciones y prácticas alimenticias cotidianas pervive aún el hambre que pasaron cuando eran niños, aunque muchos no se atrevan a reconocerlo y prefieran hablar de “necesidad” o “falta”.

Pese a los pretextos esgrimidos durante décadas por la dictadura franquista, hoy sabemos que el hambre de los años cuarenta en España tuvo su origen en la política autárquica impulsada por el régimen con fines nacionalistas al término de la guerra civil. La autarquía, que supuso la intervención de la economía durante más de una década, acarreó el alza de los precios y la escasez de productos de primera necesidad y allanó el camino a la corrupción, fracasó rotundamente.

Sabemos también que los peores años del hambre (1939-1942 y 1946) constituyeron una auténtica hambruna durante la que cayó drásticamente el poder adquisitivo de la población y se registraron numerosas muertes por inanición. Se ha calculado que solo en el periodo 1939-1944 murieron 200 000 personas directa o indirectamente a causa del hambre.

La situación fue especialmente grave en el sur del país y afectó sobre todo a los grupos más humildes. Las calles de los pueblos y de las ciudades se llenaron de niños desnutridos, hombres famélicos y ancianos enfermos de avitaminosis, tifus o tuberculosis. La pobreza extrema condujo a numerosas familias a malvivir hacinadas en cuevas y chabolas en pésimas condiciones de salubridad e higiene. Las del barrio almeriense de La Chanca fueron descritas como “bocas oscuras, profundas y desdentadas” por Juan Goytisolo, quien visitó esta deprimida zona del país en los años cincuenta.

Ni el pan negro del racionamiento ni los aguados caldos de Auxilio Social que se conseguían tras aguardar durante horas en largas colas garantizaban la supervivencia. Las mujeres comenzaron a elaborar sucedáneos para sustituir los productos que no podían ni encontrar ni pagar, como el chocolate, que fue reemplazado por el de algarroba, o el café, en cuyo lugar se utilizó la cebada tostada.

También idearon originales preparaciones culinarias con los escasos ingredientes disponibles, como la tortilla sin huevo. O cocinaron hierbas arrancadas directamente del campo o animales domésticos como los gatos, cuyo consumo no estaba culturalmente aceptado.

Pero tampoco estas estrategias cotidianas bastaron para salir adelante. Muchos hombres y mujeres se vieron obligados a hurtar animales y frutos del campo, a estraperlear harina o aceite en el mercado negro y a contrabandear con pastillas de sacarina, vitaminas o aceite de hígado de bacalao. En su desesperada lucha cotidiana por alcanzar el sustento muchos fueron encarcelados, multados o desposeídos de sus escasos bienes por infringir las normativas autárquicas del régimen.

Aunque la dictadura trató de silenciar la hambruna y de ocultar sus efectos, ya antes de la muerte de Franco y, sobre todo, a partir de 1975, el fenómeno del hambre fue representado en obras literarias y cinematográficas. Así ocurre en novelas como Nada (Laforet, 1945), La Colmena (Cela, 1950), Tiempo de silencio (Martín Santos, 1962) o La plaza del diamante (Rodoreda, 1962). O en cintas como Surcos (Nieves Conde, 1951).

Además, en los últimos años distintas investigaciones del ámbito de la antropología, la antropometría o la historia han puesto de manifiesto la dimensión cultural del hambre, los perniciosos efectos que tuvo la malnutrición en la estatura de los más jóvenes, la prolongación de la miseria en la década de los cincuenta, las peculiaridades en torno a la memoria del hambre o el protagonismo que jugaron las mujeres de posguerra en el diseño de originales estrategias con las que hacer frente a la carestía.

Los resultados de todas estas investigaciones son recogidos en la exposición itinerante “La hambruna silenciada. El hambre durante la posguerra franquista (1939-1952)”. La muestra cuestiona muchos de los mitos que la dictadura construyó en torno a los años del hambre y que han llegado hasta la actualidad, como el que atribuía la escasez al legado republicano, las destrucciones de la guerra, el aislamiento internacional y la “pertinaz sequía”. También recupera las historias de las víctimas, de los supervivientes y de los resistentes de aquellos años sin pan.

https://www.radiocable.com/hambruna-silenciada-posguerra-esp649.html

Tomado de: radiocable.com

El Siglo de Oro Español y el hambre.

El hambre ha sido un tema importante en la literatura durante siglos. En el Siglo de Oro español, existía un gran contraste entre los ricos, que disfrutaban de banquetes y lujos, y los pobres, que muchas veces apenas tenían para comer. Esta diferencia se refleja claramente en los libros de la época, donde los escritores muestran cómo la falta de alimentos afectaba la vida diaria y cómo las personas tenían que ingeniárselas para sobrevivir.

Un ejemplo clásico lo encontramos en El Lazarillo de Tormes, donde el protagonista y su amo pasan hambre constantemente. Lazarillo aprende a ser astuto y a buscar comida de maneras ingeniosas, a veces engañando a otros o aprovechando pequeñas oportunidades. En La Vida del Buscón de Quevedo, el protagonista también enfrenta hambre y miseria, pero trata de ocultarlo y aparentar que tiene más de lo que realmente posee. Quevedo incluso comenta que “somos gente que comemos un puerro y representamos un capón”, mostrando cómo los personajes tenían que disimular sus necesidades.

Miguel de Cervantes también aborda el tema del hambre en sus obras. En La Ilustre Fregona, describe personajes que sufren hambre mientras la clase alta derrocha comida y lujos. Para Cervantes, el hambre no es solo una necesidad física, sino que influye en los pensamientos y decisiones de las personas, y de alguna manera, “igualaba” a ricos y pobres.

En la literatura religiosa, como los escritos de Santa Teresa de Jesús, el hambre tenía un significado completamente diferente: se veía como un sacrificio o un acto de dedicación a Dios. En los conventos de las Carmelitas Descalzas, por ejemplo, pasar hambre era parte de la vida diaria y un modo de mostrar devoción y resistencia personal.

Además, los autores de la época muestran cómo las personas inventaban formas para aparentar que habían comido cuando no era así. Por ejemplo, en El Lazarillo de Tormes, se mencionan personajes que usan palillos para simular que tienen comida en la boca, y en Guzmán de Alfarache, los protagonistas preparaban pequeños trucos para “compartir” lo poco que tenían de manera ingeniosa. Estas escenas muestran no solo la creatividad de las personas, sino también lo difícil que era vivir con hambre y la constante lucha por sobrevivir.

En resumen, la literatura sobre el hambre nos ayuda a entender la vida de épocas pasadas, mostrando la desigualdad social, la lucha diaria de los pobres y la astucia que necesitaban para sobrevivir. También nos enseña que el hambre no es solo un problema físico, sino un tema que puede reflejar valores, emociones y relaciones humanas. Por eso, leer estos libros nos permite aprender sobre la historia, la sociedad y la importancia de la comida de una manera cercana y comprensible.

Fuente: https://www.directoalpaladar.com/cultura-gastronomica/hambre-y-literatura y https://www.historiacocina.com/paises/articulos/sigloro/pueblo.htm