La literatura gastronómica y sus orígenes. ¿Desde cuándo escribimos sobre cocina?

El hombre del siglo XXI vive en una gran paradoja: ya no cocina, pero habla de cocina. Y no solo hablamos de lo que tenemos, sino también de lo que deseamos.El hombre del siglo XXI vive en una gran paradoja: ya no cocina, pero habla de cocina. Está inmerso en un mundo donde la comunicación gastronómica le rodea, le avasalla, le alecciona, le dirige, le provoca y le estimula. Nada nuevo bajo el sol. El hombre de las cavernas también dormía entre pinturas de bisontes y soñaba con un chuletón muy hecho. Esa es la función de la literatura gastronómica: mover al individuo hacia el ámbito del placer mientras le recuerda su condición de ser social, finito y hambriento.

Así empezaron los sumerios y otros pueblos de la antigua civilización mesopotámica, apuntando en unas tablillas de arcilla y en escritura cuneiforme la cantidad de camellos, cabras, dátiles, pistachos y trigo que llegaba a los silos y las arcas del gobierno. Tarea de burócratas, más que nada, aunque a nosotros nos guste interpretar, 4.000 años después, la vida de aquella Babilonia lujuriosa que se zampaba algo parecido a una baklava. Al poeta griego Arquestrato (siglo IV a.C.) le gustó tanto la idea que escribió un larguísimo poema lleno de guasa y hexámetros sobre qué comer y dónde y lo llamó Hedypàtheia, traducido como Gastronomía. No fue un éxito de ventas, pero tanto las tablillas sumerias como el poema griego nos ayudan a comprender el pasado con una perspectiva más humana y apetecible que la descripción de la sangrienta batalla de las Termópilas.

En la Roma clásica ya habían aprendido de sus antecesores lo suficiente como para saber que en la vida hay que tener un Imperio donde abastecerse, un agrónomo hispano —Columela— que conozca la tierra y sus frutos, un buen cocinero griego, un gran anfitrión —Lúculo— y un gastrónomo que lo escriba todo. A saber, Marco Caio Apicius, quien legó a la posteridad las recetas de los conviviums en su De Re Coquinaria. La parte menos loable de tanto festín, y por extensión del mundo romano, la contó Petronio en El Satiricón, con el banquete de Trimalcióny la versionó Fellini.

En la Edad Media y en el Renacimiento escribían de comida los que la tenían: un almohade que vivió en el Al-Andalus del siglo XII y que sabía lo suyo de especias y delicias hispano-magrebís, un cristiano del siglo XIV que escribió en catalán el Llibre de Sent Soví, los monjes letrados y cocinillas, los cocineros de los reyes (Monsieur Taillevent, guisandero de Carlos VI, el Mestre Rupert de Nola, cocinero de Fernando de Nápoles) o de los papas (Bartolomeo Scappi) y algún despistado como Francisco Delgado que dejó anotado en La Lozana Andaluza (siglo XVI) un montón de platos deliciosamente conversos. En este mismo siglo se escribe, cómo no, laHistoria General de las Indias (1556) de Francisco Gómez de Gómara, donde se describen por primera vez las maravillas de la futura fusión alimentaria entre Europa, América y África.

En el siglo XVII español se escribe de comida, pero de formas opuestas. La novela picaresca es la mejor descripción del hambre en la España imperial de Carlos V y Felipe II, género coincidente en el tiempo con las recetas del Arte de Cozina (1611) de Francisco Montiño, cocinero real de Felipe II, III y IV. La cocina opulenta de palacio la contó muy bien Carmen Simón Palmer en el libro La Cocina de Palacio, pero la de las calles, Francisco de Quevedo enEl Buscón (1603) y, ya en el siglo XX, Lorenzo Silva en La Cocina del Barroco.

Para conocer lo que se comía en la España del XVIII y principios del XIX, además de recurrir al recetario del fraile aragonés Juan de Altamiras (¡por fin, después de dos siglos, se le echa tomate a los platos!), es muy interesante la literatura de viajes, aunque la cocina española no salga muy bien parada, como ocurre con el puchero de garbanzos (“guisantes del tamaño de una bala”) en el periplo de Dumas De París a Cádiz.

Y es que el inicio del XIX fue esplendorosamente gastronómico. Y francés. A un juez llamado Brillat-Savarin se le ocurrió, incluso, reflexionar, analizar y meditar sobre el gusto y le salió un protoensayo gastronómico o Fisiología del Gusto con tanto aforismo que aún es lectura obligatoria en todas las escuelas de hostelería. Los franceses exportaron el concepto gourmand junto con las guerras napoleónicas. Los españoles respondieron con una Constitución Liberal, un aliado inglés que dio nombre a un solomillo (el duque Wellington) y una perdiz al modo de Alcántara que está en la Guide Culinaire de Escoffier, pero que en realidad es más extremeña que las criadillas de tierra.

En el XIX, el de las dos Españas culinarias, la de los conservadores y liberales gobernando por turnos, se escribió mucho y bien sobre la cocina y sus aledaños: nación, historia, cultura, tradición, identidad y territorio. Fueron precursores de temas que siguen vigentes. Puestos a destacar (ya que hay que resumir) hay que nombrar a la condesa de Pardo Bazán que lo mismo guisaba un pote, que escribía Los Pazos de Ulloa o La cocina Española Antigua, mientras defendía sus derechos de género.

Pero no sirvió de nada, porque poco después la gente tuvo que cocinar con inmundicias. Volvió el fantasma del hambre. Cocina de recursos, del catalán Ignasi Domènech, y Cocinar a un lobo, de M.F.K. Fisher son dos maravillas de la literatura gastronómica con las contiendas y la hambruna como telón de fondo.

Y luego, llegaron ellos… El Manual de Cocina, de Ana María Herrera, o el cocido como metáfora de la indisoluble unión de la familia española (Manuel Vázquez Montalbán, dixit), las Carmencitas, la marquesa de Parabere, Simone Ortega y sus 1080 Recetas, los escritores de la Transición, los cocineros de la Nueva Cocina Vasca, los críticos, los gastrónomos de oficio y beneficio, los Mc Donald’s, el chef mediático, el gurú de lo gastro y hasta un premio de literatura gastronómica apellidado como el recetario medieval: el Premio Sent Soví.

A día de hoy —dicen algunos lastimosamente— “ya no se escribe igual”. Porque no se vive igual. Pero se comunica, se predica, se difunde, se redescubre el pasado, se intuye el futuro…. Porque la vida sigue y habrá que comérsela para contarla.

https://elpais.com/gastronomia/2024-04-23/la-literatura-gastronomica-y-sus-origenes-desde-cuando-escribimos-sobre-cocina.html?outputType=amp

Nuevo récord mundial: dos gemelos británicos logran la calabaza más pesada de la historia con más de 1.200 kilos

La calabaza es el fruto de la especie Curcubita maxima, el cual destaca del resto de Curcubitas por su gran tamaño y forma redondeada. Aún siendo considerada grande por comparación con el resto de especies de su familia, desde hace ya unos años los humanos han cultivado ejemplares extraordinariamente grandes con el fin de competir para ver cual calabaza es más grande. Esto ha ido evolucionando a medida que pasa el tiempo, pues hace 50 años el espectáculo se daba con calabazas de más de 20 kilos, pero con avances tecnológicos y en la industria agroalimentaria, las técnicas de cultivo han permitido la existencia de ejemplares realmente gigantes.

Pero, cómo se pasa de una calabaza normal a una gigante? Es biología simple, los órganos de una planta se separan en sumideros y fuentes de energía, las fuentes son los órganos fotosintéticos (hojas), y los sumideros son cualquier parte que requiera de energía para crecer, como son los meristemos, las flores o los frutos de la planta. Si se cortan el resto de sumideros, dejando solo el fruto, toda la energía de la planta se destinará al crecimiento de este órgano, y si además implementamos técnicas de manipulación genética y fertilizantes especializados, pasamos de una calabaza promedio a un asombrosos espécimen de mas de una tonelada.

Todo esto sucedió coincidentemente con el Halloween pasado, y este récord lo obtuvieron unos gemelos ingleses, los cuales comenzaron con esta actividad como un hobby que poco a poco tomó más y más tiempo, pero que al final dio sus frutos (literalmente).

https://www.infobae.com/america/mundo/2025/11/01/record-mundial-dos-gemelos-britanicos-logran-la-calabaza-mas-pesada-de-la-historia-con-mas-de-1200-kilos

Día de muertos: origen y curiosidades de la tradición mexicana

El Día de Muertos es una tradición mexicana ancestral, que mezcla costumbres prehispánicas con rituales católicos, celebrada principalmente el 1 y 2 de noviembre. Durante estos días, las familias honran a sus seres queridos fallecidos construyendo altares u “ofrendas” llenas de flores (sobre todo cempasúchil), velas, incienso, comida y objetos que fueron queridos por los difuntos.

La idea detrás de esta celebración no es temer a la muerte, sino reconocerla como parte del ciclo de la vida. Se cree que las almas regresan temporalmente desde el “Mictlán” (el mundo de los muertos) para reunirse con sus familiares, compartir lo que se les ofrece y ser recordadas con cariño. Lo que predomina es la alegría, la memoria y el respeto; los cementerios se llenan de color, música, velas y vida durante estas fechas.

Aunque las bases son comunes altares, ofrendas, flores, comida y visitas al cementerio cada región de México lo vive de forma distinta: unas zonas destacan por sus desfiles de calaveras, otras por vigilias nocturnas, otras por música, comida tradicional o decoraciones particulares. Esa diversidad es parte del encanto: no hay un “modo único” de celebrar, sino muchas maneras de conectar con la memoria, la comunidad y las raíces.

Para mas información: https://viajes.nationalgeographic.com.es/a/tradiciones-mexicanas-dia-muertos_13355

Una sopa que se come con cuchillo y tenedor

Preguntando a mi padre sobre comida tradicional de su país me comentó está sopa tan distinta y decidí investigar un poco sobre ella

Su origen según datos orales transmitidos de generación en generación relatan que a Don Carlos Antonio López; primer presidente constitucional del Paraguay, le gustaba mucho el tykuetï o sopa blanca, la cual era elaborada a partir de leche, queso, harina de maíz y huevo. Sin embargo, un día la cocinera (machú) agregó demasiada harina de maíz resultando la preparación culinaria muy espesa y, al no contar con el tiempo suficiente para volver a elaborar el plato, decidió terminar la cocción en una sartén de hierro en un tatakuá (hoyo de fuego) resultando en una sopa sólida[i]. Cuando Don Carlos la probó, la encontró tan deliciosa que decidió nombrarla como “sopa paraguaya”[ii]. Así también, de las historias que datan de dicha época colonial es la sopa paraguaya “Palaciega” donde la variante es el ½ kg de cebolla cortada en ruedas y 4 a 5 huevos duros.

Otra versión del origen de la sopa paraguaya es aquella que menciona que al llegar los españoles a tierras guaraníes, estos últimos organizaron una gran celebración y ofrecieron carne de caza como agasajo a sus invitados; no obstante, la provisión de carne no fue suficiente y los españoles continuaban con hambre por lo cual los guaraníes decidieron servir lo que ellos habitualmente consumían que era una preparación hecha con harina de maíz envuelta en hojas de banana que era cocinada entre cenizas calientes. Al servir mencionaron que la carne se había acabado “So’o opa” en guaraní, de allí podría provenir el nombre de “Sopa”; que fue lo que aparentemente entendieron los extranjeros de lo expresado por los habitantes del pueblo originario[i].

En la receta tradicional se utilizan harina de maíz, cebolla, leche cuajada o natural, nata de leche, grasa de cerdo, huevos, queso fresco, agua y sal gruesa. Existen variantes como la “sopa paraguaya de estancia” o “sopa paraguaya Don Carlos”, donde se utilizan los mismos ingredientes, pero variando las cantidades para dar a la mezcla mayor o menor consistencia y que la misma sea más o menos grasienta, dependiendo el gusto del comensal. También está la variedad con relleno de carne vacuna, conocido como “sopa so’o” o relleno con carne de pollo “sopa ryguasú”, sazonado con locote rojo. Cuyas recetas las abordaremos en otro material sobre “Gastronomía paraguaya”.

Si quieres asber como prepararlas y más cosas pulsa aquí:https://www.inan.gov.py/site/?p=4581

La Increíble Historia de Patxi Bollos.

Hay muchas leyendas inspiradoras que nos permiten aprender sobre los valores de la vida, nos enseñan lecciones en forma de moraleja o directamente se escriben por el simple hecho de fantasía. Esta historia sin embargo no es ficción, es pura realidad, es la historia de Patxi Bollos, el hombre que “comió 236 croquetas y después cenó”.

Era el año 1936, Patxi Bollos era vasco, un asociado de una sociedad gastronómica, que se le había sido encomendado llevar un banquete a un domicilio, como un catering. Sin embargo, en propias palabras de Patxi Bollos, el “olorcillo” de las croquetas lo empezó a llamar, y como se las puso muy cerca, se comió una, y otra, y otra, y otra… Al final se acabó todas las croquetas del balquente, 236: “Yo no lo sabía, eso ya me los dijeron después”. Patxi llegó, las croquetas no.

Todo esto se sabe gracias a una publicación del relato en el periódico la Estampa, en la sección de “campeones vascos”, este fue redactado por José R.Ramos.

Patxi Bollos pasó a ser un personaje histórico, muchos escépticos no se creen que esto fuera cierto, y que ningún humano sería capaz de tomarse esa cantidad tan absurda. Por ello hubo un hombre que quiso demostrarlo, y no solo quería comprobarlo, quería superar a Patxi Bollos.

Valentín Carrasco, un creador de contenido cartaginés dedicado a retos de comida se propuso este desafío, superar a la leyenda de Patxi Bollos, hazaña que consiguió. En enero de 2024, Carrasco consiguió superar el récord de Patxi Bollos por una croqueta, 237 croquetas, por una solo pero lo superó.

La historia de Patxi Bollos y la influencia que tiene en el folklore español es realmente fascinante, y aunque en un principio no se sabe si es verdad, el simple hecho de pensar que es verdad tiene un tono mágico y muy divertido, y que alguien se lo a haya tomado en serio para superarlo me parece aún más mágico.

Si quieres saber más información pulse aquí:https://www.20minutos.es/gastronomia/productos/comer-mas-200-croquetas-record-menos-tres-horas-5211981/ | https://www.croquetarte.es/noticias/patxi-bollos/

Así afecta la salud emocional a la salud emocional de los más pequeños.

La relación entre comida y emociones comienza desde la infancia, cuando el acto de alimentarse se convierte en una forma de calma y seguridad. Por ello, establecer hábitos saludables desde los primeros meses es clave para evitar vínculos tóxicos con la comida en el futuro. Una introducción paciente y comprensiva de los alimentos sólidos ayuda a que los niños desarrollen una relación sana con la alimentación, lo que repercute positivamente en su bienestar psicológico.

En la adolescencia, la presión social, la influencia de la publicidad y la importancia de la apariencia física pueden generar problemas alimentarios, desde la restricción excesiva hasta la ingesta compulsiva. Por eso, es fundamental que familias y escuelas trabajen juntas en reforzar la autoestima y la inteligencia emocional de los jóvenes, transmitiendo que una dieta equilibrada no es cuestión de estética, sino de salud. De este modo, se previenen trastornos y se fomenta un vínculo positivo con la comida.

Finalmente, el artículo advierte que tanto el exceso como la falta de alimentación pueden ser señales de alerta. Comer compulsivamente por estrés o aburrimiento, o dejar de comer por la obsesión con la imagen, son consecuencias de una relación emocionalmente dañina con los alimentos. La clave está en enseñar que la comida es nutrición y energía, no premio ni castigo, y que mantener hábitos saludables desde la infancia es esencial para garantizar el bienestar emocional en todas las etapas de la vida.

La salud emocional de los niños y su relación con la comida

¿Cómo eran las comidas en la época medieval?

No solía haber ni plato ni copa por persona, sino que se usaban fuentes para compartir la comida y la copa circulaba de mano en mano. De ahí la norma de educación que ha llegado hasta nuestros días de ‘o comes o bebes,’ para evitar dejar comida en la copa que pasará a otros comensales.

Además, sólo existía la cuchara y el cuchillo, ya que el tenedor no se inventa hasta el siglo XI y tarda en tener éxito. La servilleta también es un invento tardío.

Otra regla que aún se conserva es la de no apoyar los codos en la mesa porque podía interpretarse que el comensal no estaba sano, ya que habitualmente los asientos de la Edad Media no tenían respaldo y debían estar bien físicamente para poder comer con la espalda recta sin necesidad de apoyar los codos, los brazos o la cabeza en las manos.

Una norma muy curiosa es dónde dirigir la mirada mientras se comía. Se debía tener la mirada gacha hacia el plato, sin distraerse demasiado, ya que decían que ‘los ojos son los mensajeros del deseo’.

– ¿Qué tipo de comida se servía en estos banquetes?

En la Edad Media come el que tiene dinero, y hasta la llegada de la industrialización se consume justo lo que se produce, sin que exista excedente, por lo que cuando se produce una mala cosecha bien por heladas o por sequías, se producen auténticas hambrunas. De hecho, la peste negra del siglo XIV arrasó a la mitad de la población de Europa no solo por la propia enfermedad, sino porque la población estaba malnutrida y debilitada debido a las malas cosechas precedentes que se dieron en Europa.

Es posible que en la mayoría de las clases sociales de la Edad Media se comiera solo una o como mucho dos veces al día, habitualmente al caer de la tarde, ya que la mañana se dedica al trabajo.

En cuanto a los alimentos, aún no se conocían las patatas, el maíz, los tomates o los pimientos porque se descubrieron en América. El arroz tampoco es común, ya que solo se consumía en el mundo árabe, pero no en el Norte de Europa.

Los productos más consumidos eran los que produce la tierra, los cereales, como pueden ser la avena, el centeno, el mijo o el trigo, que les aportaban hidratos de carbono, la base de la alimentación.

También tomaban verduras somo puerros, coles, berzas, nabos, ajo, comino y legumbres como garbanzos y alubias, sobre todo en el sur de Europa. La población de la Edad Media comía manzanas, peras, higos…y en cuanto a las carnes las más consumidas eran el pollo, el gallo y el cerdo. Asimismo, consumían muchos lácteos como mantequilla, queso, leche y también huevos. En las zonas del Mediterráneo también era común el aceite, las aceitunas y la carne de caza como aves silvestres, jabalíes o venado. Se consumía pescado de río en interior, y de mar en la costa.

En cuanto a los postres, no existía el refinado de azúcar, por lo que usaban la miel y las frutas para endulzar.

Para beber tomaban vino y cerveza ya que, aunque el agua era buena, podía estar contaminada, por lo que le añadían alcohol como vino para depurarla.

Además, alrededor de la mesa existía un gran aparataje de sirvientes entre los que tiene mucha importancia la figura del copero, que sirve el alcohol, o camareros dedicados solo a trinchar la carne. Habitualmente estos sirvientes son hijos de nobles que se educan en la corte.

– ¿Qué se comía en la Edad Media que ahora sería impensable?

Comían cisne, oca y pavo real, incluso el tratado ‘Urbanus Magnus’ habla de que se puede comer ballena en el Norte de Europa. Además, tomaban pescados que ahora no se comen como el leucisco, y una cosa curiosa es que les gustaba muchísimo las salsas de mostaza y de pimienta; esta última se importa de oriente, lo que indica poder.

Algo chocante para nosotros es que, a veces, usaban la carcasa vaciada de un ave como el faisán o el cisne como bandeja donde presentar la comida

https://portalcomunicacion.uah.es/diario-digital/actualidad/como-eran-las-comidas-en-la-epoca-medieval

”Comemos lo que somos”: cuando la comida habla de nosotros.

Siempre pensamos en la comida como algo que hacemos por pura necesidad, pero si te paras un segundo, te das cuenta de que cada plato cuenta una historia. No solo la de la receta, sino la de un país, una familia, una tradición o incluso una época concreta. Y justo eso es lo que explora “Comemos lo que somos”, el libro de J.M. Mulet.

Mulet plantea una idea súper simple pero poderosa: nuestra alimentación es un reflejo de nuestra cultura. Comemos lo que comemos no solo porque nos guste o porque es lo que hay en la nevera, sino porque hay siglos de historia detrás que han ido moldeando nuestros hábitos.

Mulet va recorriendo distintos momentos de la historia humana para mostrar cómo la alimentación se adapta a lo que somos en cada etapa: nuestras creencias, nuestros miedos, nuestra economía… todo esta ahí, en el plato.

“Comemos lo que somos” — J. M. Mulet (Ed. Destino) 

Los mejores chefs de la historia

La historia de la gastronomía refleja siglos de innovación, creatividad y transformación en la manera de entender la comida. Desde la Edad Media hasta la cocina contemporánea, distintos chefs han marcado hitos que explican por qué comemos y cocinamos como lo hacemos hoy. A continuación, se presentan algunos de los cocineros más influyentes de la historia:

  • Guillaume Tirel (c. 1314-1395): Cocinero del rey Felipe VI de Francia que sistematizó la cocina medieval en Viandier, el primer manual de recetas de su época, cuando las especias se usaban para camuflar alimentos poco frescos.
  • Bartolomeo Scappi (c. 1500-1577): Chef renacentista italiano que documentó casi mil recetas en Opera dell’arte del cucinare y representó por primera vez el tenedor, combinando innovación y racionalidad en la cocina.
  • François Pierre de La Varenne (c. 1615-1678): Introdujo el uso de productos frescos y menos especias agresivas, creando técnicas y recetas como la salsa bechamel que perduran hasta hoy.
  • Marie-Antoine Carême (1785-1833): Fundador de la alta cocina francesa, famoso por sus pasteles monumentales y presentaciones arquitectónicas que transformaron la comida en arte visual.
  • Alexis Soyer (1810-1858): Socializó la alta cocina en Inglaterra, introdujo electrodomésticos innovadores y promovió comedores sociales durante la hambruna irlandesa, combinando técnica y compromiso social.
  • Auguste Escoffier (1846-1935): Modernizó la alta cocina con jerarquías, servicio a la rusa y disciplina en la cocina, dignificando la profesión de chef y optimizando el funcionamiento de los restaurantes.
  • Eugénie Brazier (1895-1977): Primera persona en conseguir seis estrellas Michelin, destacando por su cocina sencilla, elegante y de gran calidad en Lyon, donde también formó a futuros grandes chefs como Paul Bocuse.
  • Paul Bocuse (1926-2018): Creador de la Nouvelle Cuisine, defendió la simplicidad, la elegancia y la armonía de sabores, revolucionando la gastronomía del siglo XX.
  • Julia Child (1912-2004): Introdujo la cocina francesa en Estados Unidos mediante libros y programas de televisión, enseñando técnicas profesionales a cocineros domésticos y profesionales.
  • Ferran Adrià (n. 1962): Pionero de la cocina molecular y experimental, llevó la gastronomía al arte con técnicas como esferificaciones, deconstrucciones y el uso de nitrógeno líquido, transformando la experiencia culinaria en un espectáculo sensorial.

A lo largo de los siglos, estos chefs no solo han innovado en sabores y técnicas, sino que también han influido en la cultura gastronómica, estableciendo bases que aún guían la cocina moderna. Su legado demuestra que la gastronomía es un arte en constante evolución, donde tradición, creatividad y tecnología se entrelazan para ofrecer nuevas experiencias a quienes disfrutan de la comida.

Para más información: https://www.lavanguardia.com/historiayvida/mas-historias/20221020/8572944/mejores-chefs-historia-edad-media-hoy-pmv.html

La literatura gastronómica y sus orígenes. ¿Desde cuándo escribimos sobre cocina?

La relación del ser humano con la comida va más allá de cocinar: siempre ha existido una fascinación por contar, describir y reflexionar sobre lo que se come. Desde las tablillas sumerias que registraban cereales y animales, pasando por el poema griego de Arquestrato sobre gastronomía, hasta los recetarios romanos de Apicius, la literatura gastronómica ha acompañado la historia.

En la Edad Media y el Renacimiento, escribir sobre comida era privilegio de quienes podían permitirse ciertos manjares: cocineros reales, monjes o autores cultos que documentaban recetas y tradiciones. En España, la novela picaresca, los recetarios reales y la literatura de viajes ofrecen una visión complementaria de la gastronomía popular y de palacio.

El siglo XIX trajo la reflexión sobre el gusto con autores como Brillat-Savarin y la influencia francesa, mientras España desarrollaba su cocina y literatura culinaria con figuras como la condesa de Pardo Bazán. Ya en el siglo XX, se combinan manuales prácticos, literatura gastronómica y la cocina de autor, hasta llegar a la gastronomía mediática actual, donde cocineros, críticos y gurús difunden la cultura culinaria.

Hoy, aunque la manera de vivir y comer ha cambiado, la comunicación gastronómica sigue siendo central: contar la comida es una manera de vivir, compartir y entender la historia y la sociedad.

https://elpais.com/gastronomia/2024-04-23/la-literatura-gastronomica-y-sus-origenes-desde-cuando-escribimos-sobre-cocina.html