Aunque no lo creáis, la literatura gastronómica no nació con los recetarios a los que estamos acostumbrados a ver, ni tampoco con los chefs mediáticos, sino que nos remontamos a mucho antes.
Los primeros textos gastronómicos eran simplemente tablas de arcilla. Ya en la antigua Mesopotamia anotaban las cantidades de trigo, animales, etc. que se destinaban a los templos. Realmente no se puede considerar literatura, pero sí los primeros restos escritos sobre comida.
Trasladándonos a la época romana, ya podemos hablar de recetas. El De Re Coquinaria de Apicio es uno de los recetarios más antiguos del mundo. Ya en la Europa medieval, empiezan a circular los primeros recetarios repletos de especias, caldos y técnicas que hoy nos suenan sorprendentes. Además, más tarde, con el comienzo de los viajes al Nuevo Mundo, los textos se llenan de ingredientes descubiertos recientemente como el cacao, tomates, maíz…
En la época del siglo XIX nace la reflexión gastronómica moderna. Brillat-Savarin escribe La Fisiología del gusto, un libro mitad ensayo, mitad oda al placer de comer. Con esto la cocina comienza a formar parte de la cultura, pensamiento y estilo de vida. En España, figuras como Pardo Bazán reivindican la cocina tradicional desde una perspectiva literaria, mezclando identidad, territorio y memoria culinaria.
Desde el siglo XX hasta hoy, la literatura gastronómica adopta un tono más íntimo y personal. Autoras como M.F.K. Fisher muestran cómo la cocina puede ser refugio y memoria en tiempos difíciles, como la guerra, en la que predominaba el hambre con la escasez de alimentos. Esto produce un antes y un después en la literatura gastronómica; escribir sobre comida no trata solo de recetas, sino de experiencias y sentimientos.
Hoy, la gastronomía está presente en libros, redes, documentales y la cultura popular. La cocina no solo ha avanzado a nivel culinario, sino que también se ha convertido en un fenómeno cultural y literario, capaz de contar historias, reflejar tradiciones y conectar personas.
