El hombre del siglo XXI vive una paradoja: aunque ya no cocina, está rodeado por una intensa comunicación gastronómica que lo estimula y lo conecta con el placer y su naturaleza social y finita. Esta función de la literatura gastronómica no es nueva; ya en la antigüedad, los sumerios registraban alimentos en tablillas cuneiformes como parte de tareas burocráticas, y el poeta griego Arquestrato escribió un extenso poema sobre qué comer y dónde, llamado Hedypàtheia. Aunque no fue popular en su tiempo, estos registros antiguos nos permiten comprender el pasado desde una perspectiva más humana y apetecible que la de los relatos bélicos.
En la Roma clásica, la gastronomía era parte esencial de la vida social y cultural. Se necesitaba un imperio para abastecerse, expertos como el agrónomo Columela, cocineros griegos, anfitriones como Lúculo y escritores como Apicio, autor del De Re Coquinaria. La cara menos refinada de estos banquetes la retrató Petronio en El Satiricón, luego adaptado por Fellini.
Durante la Edad Media y el Renacimiento, la escritura gastronómica estuvo reservada a quienes tenían acceso a la comida: autores musulmanes en Al-Ándalus, cristianos como el del Llibre de Sent Soví, monjes, cocineros reales y papales como Taillevent, Mestre Rupert de Nola y Bartolomeo Scappi. También se documentaron platos en obras literarias como «La Lozana Andaluza». En el siglo XVI, Francisco Gómez de Gómara describió en su «Historia General de las Indias» los primeros indicios de la futura fusión culinaria entre Europa, América y África.
En el siglo XVII español, la literatura gastronómica reflejaba dos realidades opuestas: el hambre de la clase baja, retratada en la novela picaresca como El Buscón de Quevedo, y la cocina opulenta de palacio, documentada por Francisco Montiño en Arte de Cozina (1611). Carmen Simón Palmer profundizó en esta cocina cortesana en La Cocina de Palacio, mientras que Lorenzo Silva abordó la cocina popular en La Cocina del Barroco.
En el siglo XVIII y principios del XIX, se destacan el recetario del fraile Juan de Altamiras, introduciendo el tomate en la cocina española, y las críticas de viajeros como Alejandro Dumas. El siglo XIX fue clave en la reflexión gastronómica, especialmente en Francia, con Brillat-Savarin y su influyente Fisiología del Gusto. La gastronomía se convirtió en símbolo cultural, político e identitario, como lo demuestra la obra de Emilia Pardo Bazán, quien escribió sobre cocina y literatura mientras defendía los derechos de las mujeres.
Estoy es solo un pequeño resumen, pero si quieres saber más, puedes encontrarlo en este enlace: https://elpais.com/gastronomia/2024-04-23/la-literatura-gastronomica-y-sus-origenes-desde-cuando-escribimos-sobre-cocina.html
