Sabor y palabras: cómo la gastronomía y la literatura se volvieron un mismo arte

Antes de que el ser humano aprendiera a escribir, ya sabía cocinar… o al menos lo intentaba. Mucho antes de las tablillas de arcilla y la escritura cuneiforme, el fuego ya chispeaba en una caverna, y alguien, con más hambre que técnica, descubría que la carne sabía mejor asada que cruda. La gastronomía, podríamos decir, nació antes que las palabras.

Con el tiempo, el instinto se volvió arte y el hambre, inspiración. Así que, cuando el hombre empezó a garabatear sus primeras ideas, no tardó en dejar por escrito la experiencia de lo que comía y bebía, cómo lo preparaba y, por supuesto, con quién lo compartía. Así fue como la cocina y la literatura se dieron por primera vez la mano: una para alimentar el cuerpo y la otra para alimentar la memoria.

Durante siglos, las recetas viajaron de boca en boca, a través de la tradición oral, hasta que “alguien” decidió ponerlas por escrito, quizás cansado de que los secretos de la buena sazón se fueran a la tumba.

Desde los banquetes griegos hasta los recetarios europeos del siglo XVII, la comida comenzó a ocupar su lugar en los libros. Y así, entre estofados, vinos y palabras, nació una nueva forma de contar el mundo: la literatura gastronómica.

Hoy podríamos decir, sin exagerar, que si existe un Nobel de Literatura, también debería haber uno de Gastronomía (aunque los Gourmand Awards trata de serlo), porque ambas comparten algo esencial: hablan de placeres y excesos del ser humano y cuentan las mejores historias que casi siempre comienzan o terminan alrededor de una mesa.

En la literatura, el escritor es el creador, y en la cocina es el cocinero. Ambos preparan una obra de arte que será devorada por el lector y por el comensal. Su condimento es la imaginación, que aporta sabor a las palabras y a los alimentos. Todos gozan y disfrutan con sus cinco sentidos, y es el chef quien experimenta y prueba nuevas formas de hacer literatura, o, mejor aún, de cocinar un nuevo libro.

De ahí que literatura y gastronomía siempre vayan de la mano por el mundo, como dos hermanas, a lo largo de la historia. Gracias a esos sibaritas, foodies y gourmets que nos dejaron su legado.

En el delicioso mundo de la filosofía, Platón, por ejemplo, en su obra El Banquete, habla de la comida y la bebida como escenario simbólico y sensorial: el banquete es el marco en donde el conocimiento, la belleza y el placer se mezclan, exactamente como en una mesa bien servida. El banquete es visto como una cena de celebración. La comida está implícita, pero el énfasis está en la reunión, el vino y la conversación, ya que en la antigua Grecia, comer juntos era una forma de honrar el espíritu, no solo el cuerpo.

También habla del vino como catalizador del pensamiento y relaciona el placer sensorial con el placer intelectual del diálogo, porque seamos honestos: “Cuando el vino entra, la verdad sale”. El vino relaja, desinhibe y permite que los personajes hablen con franqueza sobre el amor, la belleza y el deseo, convirtiéndose en medio, no en un fin.

Si vamos unos siglos más adelante, nos encontramos con escritores como Miguel de Cervantes Saavedra (por cierto, distinguido gourmet), quien salpimentó a su Quijote con referencias a comida y vino, y no solo como detalles costumbristas. Con sabiduría supo citar alimentos para definir clases sociales, estados de ánimo y hasta la filosofía vital de sus personajes.

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