Según un artículo de SOM Salud Mental 360, lo que comemos tiene un impacto directo sobre el funcionamiento de nuestro cerebro, la regulación hormonal y el sistema inmunitario: una dieta desequilibrada puede favorecer la aparición o el empeoramiento de trastornos como la depresión, la ansiedad o el TDAH, mientras que una alimentación rica en frutas, verduras, pescado azul, frutos secos y cereales integrales aporta nutrientes esenciales (omega‑3, vitaminas del grupo B, magnesio o zinc) que protegen nuestra salud mental. Además, estudios recientes demuestran que seguir un patrón basado en la dieta mediterránea puede reducir hasta un 30 % el riesgo de depresión, y que ciertos probióticos mejoran los síntomas depresivos, ya que una microbiota intestinal equilibrada influye en la producción de neurotransmisores como la serotonina o la dopamina. En adolescentes, una alimentación de calidad se asocia con una menor prevalencia de trastornos mentales y un mejor funcionamiento emocional. Esto abre una vía muy prometedora para estrategias preventivas o terapéuticas en salud mental: no solo con psicoterapia o medicación, sino integrando hábitos nutricionales que favorezcan un estado de ánimo más estable y saludable.
