El auge del veganismo ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una tendencia de consumo masivo. Lo que comenzó como un movimiento ético, basado en el respeto a los animales y al medio ambiente, se ha transformado en una oportunidad de mercado para grandes empresas y fondos de inversión. La paradoja es evidente: productos que promueven el rechazo a la explotación animal se venden en las mismas plataformas que lucran con ella.
En este contexto, los ultraprocesados veganos —hamburguesas vegetales, nuggets, quesos sin leche, dulces “plant-based”— proliferan como símbolos de una alimentación consciente. Sin embargo, su parecido con los alimentos de origen animal no responde a un compromiso ético, sino a una estrategia de mercado: reproducir lo familiar, aunque se renuncie al fondo del mensaje.
Mientras las nuevas generaciones exploran una alimentación más responsable, la industria responde con propuestas rápidas, empaquetadas y muy alejadas del recetario vegetal tradicional. En lugar de promover el consumo de legumbres, verduras frescas o semillas antiguas, se impone la lógica del supermercado: más envase, más marketing, más producto.
El problema no es el veganismo en sí, sino la forma en que se está mercantilizando. Las marcas que impulsan esta oferta “verde” muchas veces operan dentro de sistemas que contradicen los valores que dicen defender. Venden compasión, pero producen beneficio. Y el resultado es un ecosistema alimentario donde las hamburguesas veganas conviven con las de carne en la misma cadena de comida rápida, como si fueran equivalentes éticas.
En lugar de fortalecer una cultura alimentaria coherente y sostenible, estamos asistiendo a una versión light del activismo, diluida por las reglas del mercado. Una oportunidad para repensar lo que comemos se convierte, una vez más, en una etiqueta más en el carrito de la compra.
