Septiembre llega cargado de promesas. Con el fin del verano, comienza una nueva etapa que suele venir acompañada de propósitos relacionados con el bienestar: volver a la rutina, “comer mejor”, recuperar hábitos saludables. Sin embargo, este impulso muchas veces se convierte en presión, y con ella, reaparecen las dietas milagro, los planes détox y las estrategias para perder peso de forma rápida, aunque poco segura.
Cada año, miles de personas se lanzan a probar soluciones rápidas para compensar los excesos del verano. Algunas de las más comunes son las dietas muy bajas en calorías, las monodietas basadas en un solo alimento, los batidos détox o el ayuno intermitente sin supervisión. Todas ellas prometen resultados visibles en poco tiempo, pero rara vez consideran los efectos negativos que pueden tener en el cuerpo y la salud mental.
Las dietas muy bajas en calorías, por ejemplo, apenas aportan 800 kcal al día, lo que genera un estado de déficit energético extremo. Las monodietas, como la de la piña o la alcachofa, no solo son insostenibles, sino que provocan carencias nutricionales importantes. Los batidos détox suelen ser caros y pobres en nutrientes, y lejos de “limpiar el organismo”, provocan pérdida de masa muscular. En cuanto al ayuno intermitente, aunque puede tener ciertos beneficios, aplicado de manera rígida y sin acompañamiento profesional puede agravar trastornos alimentarios o dañar la relación con la comida.
Según un estudio realizado por MAPFRE y la Academia Española de Nutrición y Dietética, siete de cada diez personas han probado alguna de estas estrategias para perder peso. Más de la mitad lo han hecho sin ningún tipo de supervisión profesional. Además, los datos revelan que las mujeres tienden a recurrir a estas dietas el doble de veces que los hombres, lo que evidencia una mayor presión estética sobre ellas.
Más allá de la pérdida de peso inicial, estas dietas tienden a provocar una rápida recuperación del peso perdido, lo que se conoce como efecto rebote. El cuerpo, al detectar un déficit calórico severo, reduce su tasa metabólica y comienza a reservar más grasa. Es decir, tras la dieta no solo se recupera el peso, sino que se gana más grasa y se pierde masa muscular.
También hay consecuencias emocionales. La ansiedad por comer, la culpa o el miedo a ciertos alimentos son efectos secundarios frecuentes. En los casos más graves, este tipo de dietas pueden actuar como detonantes de trastornos de la conducta alimentaria.
Ante este panorama, la recomendación es clara: evitar los atajos. La salud no se logra en dos semanas ni a base de restricciones extremas. Apostar por cambios sostenibles, con una alimentación equilibrada y adaptada a las necesidades de cada persona, es la única forma de cuidarse realmente.
