Tormenta en el coste de la vida: cuando llenar la nevera se convierte en un lujo

En los últimos meses, la economía doméstica se ha visto sacudida por una doble presión: el encarecimiento de la cesta de la compra y el aumento continuo del coste de la vivienda. Un escenario que, para muchas familias, empieza a sentirse como una auténtica tormenta perfecta.

La reciente decisión del Ministerio de Agricultura de confinar a todas las aves de corral criadas al aire libre —para frenar el brote de gripe aviar que ya ha obligado a sacrificar 2,7 millones de gallinas— ha añadido más tensión al mercado. La consecuencia se nota ya en los precios: los huevos han subido un 22,5% en el último año, y la tendencia no parece que vaya a frenar pronto.

Pero este brote es solo la punta del iceberg. En lo que va de año, la carne de vacuno se ha encarecido un 13,6%, el café un 17,6% y la fruta fresca un 9,3%, incrementos que golpean con más fuerza a los hogares con menos recursos. Solo productos puntuales como el aceite de oliva, el azúcar o las patatas muestran respiros moderados.

La subida de precios no es exclusiva de España. Según la OCDE, los alimentos han aumentado un 45,8% desde 2019 en muchas economías desarrolladas. Incluso en Estados Unidos, el Gobierno se ha visto obligado a retirar aranceles a productos frescos como plátanos o cacao para contener el impacto en los hogares.

A todo esto se suma el incremento de costes vinculados a la vivienda. La factura eléctrica ha subido un 18,7% en los últimos 12 meses, y la nueva tasa de basuras ha disparado el precio del servicio un 30,3%. No sorprende que la inflación haya escalado del 2% en mayo al 3,1% en octubre.

El problema es aún mayor en un contexto en el que los salarios reales siguen estancados. Pese a las subidas de 2023 y 2024, el poder adquisitivo continúa 1,7 puntos por debajo de 2020. Y la brecha generacional se ensancha: los jóvenes hasta 24 años cobran hoy menos que antes, mientras que los mayores de 55 han visto crecer sus ingresos.

El resultado es un clima social cargado de frustración: trabajar ya no garantiza una vida desahogada, y la tensión económica alimenta la desafección y el desencanto político. Un aviso claro de que, si no se actúa, este malestar podría abrir la puerta a nuevos escenarios de inestabilidad.