Con origen en 1850, seis generaciones de la familia Galicia han mantenido viva la tradición confitera en Tordesillas. Hoy, sus dulces buscan crecer fuera de España sin perder la esencia artesana que los hace tan ricos.
En Tordesillas, esencia de Valladolid, encontramos una historia que combina tradición, familia y dulces, una historia de las que nos gustan. Allí, en 1850, Fermín Galicia abrió una pequeña confitería que, con el paso de los años, se transformaría en un negocio reconocido en todo el país. Desde entonces, seis generaciones han mantenido el oficio de confiteros, transmitiendo de padres a hijos recetas que hoy siguen enamorando a quienes prueban los polvorones de El Toro.
El verdadero punto de inflexión llegó en 1954, cuando Amador Galiciaregistró oficialmente el nombre del Polvorón El Toro, producto estrella de la casa. Con su textura suave, su sabor equilibrado y el boca a boca de quienes lo degustaban, el dulce navideño por excelencia se convirtió en símbolo de calidad y en un emblema familiar. Lo que comenzó como un obrador local empezó a extenderse por buena parte del territorio nacional, hasta alcanzar el actual reconocimiento.
“El éxito —asegura Álvaro Galicia, sexta generación de dulces El Toro— no se mide solo en cifras, sino en momentos compartidos, en esa memoria afectiva de quienes disfrutan nuestros dulces. En cada polvorón viaja un pedacito de tradición y amor transmitido de generación en generación”. El objetivo es claro: “queremos seguir endulzando la vida de miles de personas, dentro y fuera de España, sin renunciar a nuestro corazón artesano”.
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