Viena se recorre también con el paladar. Sus calles y mercados reflejan siglos de historia, donde la tradición imperial convive con propuestas modernas y sostenibles.
Los würstelstand, quioscos de salchichas reconocidos por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial, son puntos de encuentro donde estudiantes, músicos y noctámbulos comparten el sabor de la ciudad. Entre los más conocidos están Zum Scharfen Rene, por sus salsas picantes; Mike Lanner, con opciones veganas y halal; y Leo, centenario y gestionado por la tercera generación familiar. La especialidad local, la käsekrainer, se reinventa según cada puesto.
La historia también se saborea en tabernas tradicionales, con platos como el schnitzel, el tafelspitz o el dulce kaiserschmarren, legado de los Habsburgo. Restaurantes como Meissl & Schadn mantienen viva esta tradición con cientos de raciones diarias.
Al mismo tiempo, la ciudad apuesta por la creatividad y la sostenibilidad. Meinklang, cerca del Naschmarkt, trabaja con productos de proximidad, mientras que en calles como Schleifmühlgasse surgen locales emergentes, algunos con estrella Michelin, como Z’Som, o el triestrellado Steirereck, referente de la alta cocina.
Viena sorprende con su tradición vitivinícola: dentro de la ciudad existen viñedos urbanos, sobre todo en el distrito 19, donde se produce el emblemático gemischter satz. En estas colinas se encuentran tabernas rústicas, las heurigen, y bodegas como Fuhrgassl-Huber, que ofrecen catas y comidas acompañadas de música folclórica.
La cerveza también tiene su espacio, con marcas históricas como Ottakringer, y apuestas innovadoras como Muschicraft, cerveza feminista, o Kein&Low, con cócteles y bebidas sin alcohol. En Viena, la gastronomía no solo se disfruta en platos de lujo, sino también en la diversidad de sabores, su historia viva y la capacidad de innovar sin perder la tradición.
